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Espiritualidad franciscana

La espiritualidad franciscana es una forma de vida cristiana nacida del seguimiento radical de san Francisco de Asís. Su centro no consiste en reproducir exteriormente unas costumbres medievales, sino en vivir una relación personal con Jesucristo, pobre, crucificado y resucitado, mediante la conversión, la fraternidad, la minoridad, la pobreza evangélica, la misericordia, la paz y el servicio a los más vulnerables. Esta espiritualidad posee una profunda dimensión teológica y metafísica: contempla a Dios como origen y plenitud de todo cuanto existe, reconoce la dependencia radical de la criatura y entiende el mundo como don que conduce hacia el Creador.

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NombreEspiritualidad franciscana
CategoríaTérmino
DescripciónEspiritualidad franciscana es el carisma de San Francisco que coloca a Cristo y al Evangelio en el centro, promoviendo pobreza, fraternidad, paz y respeto a la creación. Vida cristiana surgida del seguimiento radical de San Francisco de Asís, que busca una relación personal con Cristo mediante pobreza evangélica, fraternidad, minoridad y servicio a los pobres. Constituye actitudes, convicciones y prácticas inspiradas en San Francisco, expresadas en los Frailes Menores, clarisas, la Tercera Orden y demás familias, orientadas a vivir el Evangelio con humildad y amor al prójimo. Vivir como hermano de Cristo, renunciando a la posesión y sirviendo a los vulnerables, reconociendo al mundo como don que conduce a Dios
Aplicación MoralImpulsa la pobreza evangélica, la fraternidad, la paz, la misericordia y la responsabilidad ecológica.
Contexto HistóricoSurge en el siglo XIII con San Francisco de Asís y se expande a través de los órdenes franciscanos, manteniéndose vigente hasta la actualidad.
DesarrolloIncluye Frailes Menores, Clarisas, la Tercera Orden y numerosas congregaciones que adaptan el carisma a diferentes contextos y tiempos.
ImportanciaHa renovado la vida cristiana, ofreciendo una respuesta al consumismo, individualismo y crisis ecológica, y ha influido en la espiritualidad católica universal.
InfluenciaInfluye en la doctrina social, la ecología, la liturgia y modelos de vida laica y religiosa dentro de la Iglesia.
Interpretación TradicionalTradicionalmente se entiende como una espiritualidad cristocéntrica que vive la Encarnación, la Redención y la Eucaristía con humildad.
OrigenDel seguimiento radical de San Francisco de Asís en la Italia del siglo XIII.
SimbolismoEmplea símbolos como la cruz, el pesebre y la Eucaristía como itinerario de entrega y memoria del misterio pascual.
TipoTérmino teológico

Tabla de contenido

Definición y carácter propio

La espiritualidad franciscana comprende el conjunto de actitudes, convicciones, prácticas y formas de vida inspiradas en san Francisco de Asís y desarrolladas por las distintas familias franciscanas. Su expresión histórica incluye a los Frailes Menores, las clarisas, la Tercera Orden -hoy Orden Franciscana Seglar- y otras congregaciones vinculadas al carisma franciscano.

El punto de partida no es una admiración genérica por la sencillez ni una sensibilidad meramente humanitaria. Francisco vivió la existencia cristiana como respuesta a una llamada concreta de Cristo y como adhesión completa al Evangelio. Su deseo fundamental consistía en observar el santo Evangelio e imitar fielmente la doctrina y los ejemplos de Jesucristo. El Evangelio constituía para él el fundamento de la legislación, de la vida comunitaria y de toda decisión espiritual.1

Por esta razón, la espiritualidad franciscana no puede reducirse a:

  • Una estética de hábitos pobres.
  • Una defensa romántica de la naturaleza.
  • Una filantropía desligada de la fe.
  • Una imitación externa de episodios de la vida de Francisco.
  • Una ideología social o política.
  • Un pacifismo separado de la conversión cristiana.

Todas esas dimensiones pueden formar parte de su expresión, pero adquieren sentido solo desde el misterio de Cristo.

Fundamento cristocéntrico

Cristo encarnado y crucificado

Jesucristo ocupa el centro de la espiritualidad franciscana. Francisco contempla especialmente al Hijo de Dios encarnado, pobre, crucificado y entregado por la salvación del mundo. La Encarnación y la Redención no representan para él doctrinas abstractas, sino misterios vivos que transforman la existencia. Cristo aparece como maestro, compañero, modelo y fuente de la alegría cristiana.1

La imitación franciscana de Cristo no pretende convertir al creyente en una copia superficial del santo de Asís. La imitación nace de la configuración interior con Jesucristo. El franciscano procura vivir con los mismos sentimientos del Señor: humildad, obediencia, misericordia, pobreza, mansedumbre, disponibilidad y amor sacrificado.

La devoción franciscana conserva así una orientación esencialmente pascual. El pesebre, la cruz y la Eucaristía forman un único itinerario espiritual: Cristo se entrega desde su nacimiento, culmina su entrega en la Pasión y permanece con su Iglesia bajo las especies eucarísticas. La tradición franciscana contempla estos misterios con especial intensidad porque descubre en ellos la lógica divina de la humildad y del don.

El Evangelio como forma de vida

Francisco no trató el Evangelio como un conjunto de ideales generales, sino como una regla concreta de existencia. Su espiritualidad busca pasar de la lectura a la obediencia, de la admiración a la práctica y de la práctica al amor.

La pobreza, la fraternidad, la itinerancia, la predicación, el trabajo, la acogida del leproso y la reconciliación con los enemigos forman parte de una misma respuesta al Evangelio. Ningún elemento aislado explica por sí solo la vocación franciscana.

La fidelidad evangélica exige también permanecer dentro de la fe de la Iglesia. Francisco no presentó una doctrina alternativa al catolicismo. Su renovación consistió en devolver a la vida cristiana una fuerza evangélica inmediata, manteniendo íntegramente la fe católica.2

Dimensión metafísica

Dios como fuente del ser y del bien

La espiritualidad franciscana posee una base metafísica porque contempla toda la realidad desde Dios. Las criaturas no constituyen una totalidad cerrada sobre sí misma: reciben el ser, la bondad y la belleza de Dios. El mundo remite al Creador y despierta gratitud, alabanza y responsabilidad.

Francisco contempla la creación como una especie de escala luminosa que conduce hacia Dios. Las criaturas no sustituyen al Creador ni reciben una adoración propia de Dios; manifiestan, de acuerdo con su condición, la sabiduría, la bondad y la generosidad divinas.2

Esta visión impide dos reducciones opuestas:

  • El materialismo, que considera la naturaleza una realidad sin significado último.
  • El panteísmo, que confunde a Dios con el conjunto de las criaturas.

La mirada franciscana afirma simultáneamente la trascendencia de Dios y la bondad de la creación. Dios no es el mundo, pero el mundo depende de Dios y puede convertirse en camino de alabanza.

Contingencia, dependencia y gratitud

Toda criatura es contingente: existe porque ha recibido el ser y no por necesidad propia. La espiritualidad franciscana transforma esta dependencia ontológica en actitud espiritual. El ser humano no se basta a sí mismo; recibe la vida, la gracia, la fraternidad y los bienes de la creación.

De ahí nace la acción de gracias. Francisco interpreta la existencia como don antes que como propiedad. La gratitud combate la lógica de la apropiación, porque ayuda a reconocer que nada pertenece al ser humano de manera absoluta. Incluso las capacidades personales, los bienes materiales y las relaciones humanas reclaman una respuesta de responsabilidad y servicio.

La alegría franciscana procede precisamente de esta conciencia del don. No depende de la comodidad ni de la ausencia de sufrimiento. Brota de la certeza de que la vida tiene su origen y su destino en Dios.

La pobreza evangélica

Renuncia material

La pobreza constituye uno de los rasgos más característicos del carisma franciscano. Francisco abandonó las riquezas y comodidades de su familia para vivir entre los pobres y confiar en la providencia de Dios. Su vocación aspiraba a una pobreza radical, vinculada al modo de vida de Cristo y de los apóstoles.3

En la vida religiosa franciscana, la pobreza implica renunciar a la propiedad personal y, en determinadas formas históricas del carisma, asumir también una renuncia especialmente exigente a la propiedad comunitaria. Esta opción sostiene una vida mendicante, itinerante y dependiente del trabajo, de la limosna y de la solidaridad.

La pobreza no equivale a glorificar la miseria. La privación involuntaria de alimento, vivienda, trabajo, salud, educación o vestido atenta contra la dignidad humana y exige justicia y solidaridad. La tradición cristiana distingue, por tanto, entre la pobreza evangélica libremente abrazada y la indigencia impuesta por la injusticia.3

Desapropiación del yo

La pobreza franciscana posee una dimensión más profunda que la renuncia a los bienes externos. Consiste también en la desapropiación del yo ante Dios.

Desapropiarse significa abandonar la pretensión de ser dueño absoluto de la propia vida, de los propios méritos, de la imagen personal y de la voluntad. El pobre evangélico reconoce que todo lo recibe y que nada puede convertir en fundamento último de su seguridad. La pobreza exterior pierde su verdad cuando el individuo conserva un yo posesivo, dominante y autosuficiente.

Esta desapropiación incluye:

  • Renunciar a la necesidad de tener siempre razón.
  • Aceptar la dependencia de Dios y de los hermanos.
  • Recibir los dones ajenos sin envidia.
  • Abandonar la búsqueda de prestigio.
  • Aceptar la corrección.
  • No utilizar el servicio para obtener poder.
  • Permitir que Dios transforme los deseos personales.

La pobreza, entendida de este modo, no destruye la persona. La libera de la apropiación y la capacita para amar. Quien deja de vivir centrado en la posesión de sí mismo puede recibir la existencia como gracia y entregarse con mayor libertad.

Uso y posesión

La tradición franciscana distingue entre utilizar un bien y convertirlo en propiedad posesiva. Una persona puede emplear un objeto, una casa, una institución o una cantidad de dinero sin tratarlo como prolongación de su ego. El problema espiritual aparece cuando el bien se convierte en fuente de identidad, seguridad absoluta o dominio sobre los demás.

El ideal franciscano busca vivir con sobriedad, evitando que la posesión determine la libertad interior. Esta exigencia afecta tanto a los bienes materiales como al conocimiento, la autoridad, la reputación y las estructuras comunitarias.

La minoridad

Significado de «menor»

La minoridad constituye una clave decisiva para comprender la espiritualidad franciscana. El nombre de Frailes Menores expresa una posición espiritual y relacional: el franciscano no pretende colocarse por encima de los demás, dominar, controlar ni convertir su autoridad en privilegio.

La minoridad exige reconocerse pequeño, necesitado y pecador ante Dios. Esta conciencia abre a la misericordia porque quien reconoce su propia necesidad de salvación puede acoger también la fragilidad ajena.4

La minoridad no significa desprecio de la dignidad personal ni negación de los dones recibidos. Tampoco equivale a una pasividad servil. Significa ejercer los dones sin apropiárselos, aceptar la autoridad como servicio y renunciar a toda superioridad que humille o excluya.

Relación con los hermanos

La minoridad comienza dentro de la fraternidad. El franciscano procura evitar:

  • Juzgar fácilmente a los demás.
  • Hablar mal de los hermanos.
  • Utilizar la autoridad para oprimir.
  • Exigir compensaciones por los favores prestados.
  • Considerar como derechos personales los servicios recibidos.
  • Responder al pecado ajeno con ira o desprecio.

La autoridad franciscana debe ejercerse con misericordia. La justicia reconoce los derechos de cada persona, mientras que la caridad busca además la comunión fraterna. Por eso las estructuras ocupan un lugar subordinado: los hermanos tienen prioridad sobre las estructuras.5

Relación con el mundo

La minoridad también determina la relación del franciscano con la sociedad. El religioso no se acerca a los pobres desde una posición de superioridad, como quien concede algo desde arriba. Se aproxima como hermano, consciente de haber recibido gratuitamente cuanto posee.

La Regla franciscana vincula la renuncia a apropiarse de lugares, espacios o privilegios con la acogida cordial de toda persona, incluso del adversario, del ladrón o del marginado. Francisco pidió a sus hermanos que convivieran con los pobres, los débiles, los enfermos, los leprosos y quienes mendigaban por los caminos.5

La minoridad convierte el mundo entero en ámbito de misión. La fraternidad franciscana no queda encerrada en un espacio protegido: su claustro es el mundo, entendido como lugar de encuentro, servicio, anuncio y reconciliación.4

Relación con la jerarquía

La minoridad no rechaza la autoridad de la Iglesia ni la estructura jerárquica. Francisco permaneció dentro de la Iglesia católica y quiso que su fraternidad viviera en obediencia eclesial. La minoridad transforma la forma de ejercer la autoridad, no elimina la autoridad legítima.

El ministro franciscano no debe comportarse como propietario de la fraternidad. Su cargo no le permite dominar a los hermanos ni convertir la obediencia en sometimiento personal. La autoridad adquiere legitimidad cuando protege, discierne, corrige con misericordia y facilita la vocación de cada miembro.

De este modo, la minoridad ofrece una crítica evangélica de toda forma de poder apropiado. La jerarquía puede conservar su función propia, pero necesita evitar el clericalismo, la autosuficiencia y la distancia respecto de los pequeños.

Fraternidad

La fraternidad constituye una dimensión esencial de la espiritualidad franciscana. Francisco no fundó una asociación de individuos espiritualmente autosuficientes, sino una comunidad de hermanos. La vida evangélica necesita relaciones concretas de confianza, perdón, ayuda mutua y responsabilidad compartida.

La fraternidad franciscana incluye:

  • Compartir los bienes.
  • Soportar las limitaciones ajenas.
  • Acoger al enfermo y al anciano.
  • Corregir sin humillar.
  • Pedir perdón y concederlo.
  • Restaurar la confianza dañada.
  • Alegrarse por los dones de los demás.
  • Servir sin buscar reconocimiento.

La comunidad se convierte así en testimonio evangelizador. Una fraternidad capaz de perdonar y ayudarse manifiesta que el amor de Cristo puede sanar las heridas y reunir a personas diferentes.4

La fraternidad no exige uniformidad psicológica ni elimina los conflictos. Exige afrontar los conflictos desde la caridad, la verdad y la misericordia. La paz franciscana no consiste en ocultar las tensiones, sino en buscar la reconciliación.

Paz y reconciliación

Francisco identificó la paz como una de las grandes tareas del discípulo de Cristo. Detestaba la discordia y procuraba reconciliar a quienes vivían enfrentados. Su espiritualidad integra la paz interior, la paz fraterna y la paz social.

La paz franciscana posee varias dimensiones:

  1. Paz con Dios, mediante la conversión y la confianza en la misericordia.
  2. Paz interior, mediante la liberación de la posesividad, la vanidad y el resentimiento.
  3. Paz con los hermanos, mediante el perdón y la corrección caritativa.
  4. Paz social, mediante la defensa de los débiles y la reconciliación entre grupos enfrentados.
  5. Paz con la creación, mediante el respeto agradecido a las criaturas.

Francisco no separó la paz de la verdad ni de la justicia. La reconciliación auténtica no encubre el mal ni abandona a la víctima; busca sanar la división y restablecer relaciones justas.

Misericordia y cercanía a los excluidos

La conversión de Francisco quedó marcada por su encuentro con los leprosos. Aquello que antes le producía repugnancia se convirtió, mediante la gracia, en lugar de encuentro con Cristo. La espiritualidad franciscana entiende la misericordia como una transformación de la mirada.

El pobre, el enfermo y el marginado no aparecen como objetos de asistencia, sino como personas con quienes compartir la vida. La cercanía franciscana intenta superar la distancia social y espiritual que convierte al necesitado en un extraño.

Esta actitud reclama:

  • Presencia personal.
  • Escucha.
  • Servicio concreto.
  • Defensa de la dignidad.
  • Sencillez en la relación.
  • Renuncia al paternalismo.
  • Disposición a recibir tanto como a dar.

La ayuda a los pequeños no puede convertirse en instrumento de prestigio. El servicio cristiano nace de la gratitud: quien ayuda reconoce que también ha recibido gratuitamente.

Contemplación y acción

La espiritualidad franciscana une contemplación y apostolado. La oración no representa una fuga del mundo, y la actividad apostólica no puede sustituir la intimidad con Dios.

La contemplación permite reconocer a Cristo en el Evangelio, en la Eucaristía, en la cruz, en la fraternidad y en los pobres. La acción lleva esa contemplación a las calles, los hospitales, las parroquias, las misiones, los centros de estudio y los lugares donde las personas sufren.

La tradición franciscana concibe el mundo como ámbito de misión. Los hermanos recorren los caminos para anunciar la paz, servir, predicar, trabajar y vivir entre la gente. La itinerancia expresa una libertad interior: quien no se aferra a un lugar, una posición o una seguridad puede acudir allí donde la Iglesia y los necesitados reclaman su presencia.4

Trabajo y mendicidad

Francisco valoró el trabajo como medio honrado de subsistencia y como servicio. Sus primeros compañeros trabajaban para obtener lo necesario y realizaban incluso tareas humildes al servicio de los pobres. Cuando el trabajo no bastaba, recurrían a la limosna con espíritu de dependencia providente.2

El trabajo franciscano evita dos extremos:

  • Convertir la actividad en una forma de autosuficiencia.
  • Despreciar el trabajo manual como indigno.

El trabajo recuerda que la persona coopera con la obra creadora de Dios y que los bienes deben orientarse al bien común. La mendicidad, por su parte, manifiesta que nadie vive solo de sus propios recursos. Ambos aspectos pueden expresar humildad, solidaridad y confianza en la providencia.

Alegría franciscana

La alegría constituye uno de los rasgos más conocidos de la espiritualidad franciscana. Francisco la relaciona con la libertad respecto de las posesiones, la confianza en Dios y la capacidad de alabar en medio de la prueba.

La alegría franciscana no equivale a optimismo ingenuo. Francisco conoció la enfermedad, la incomprensión, la pobreza, los conflictos internos y el sufrimiento físico. Su alegría brotaba de una pertenencia más profunda que las circunstancias: la certeza del amor de Cristo.

La verdadera alegría exige una conversión del deseo. El consumismo promete satisfacción mediante la adquisición constante, pero la acumulación puede aumentar la insatisfacción. La generosidad, por el contrario, ensancha el corazón y permite experimentar una libertad que no depende de lo que uno posee.6,7

Creación y criaturas

Fraternidad cósmica

Francisco contempla las criaturas como hermanas y hermanos porque todas proceden del mismo Creador. Esta fraternidad no elimina las diferencias entre Dios, el ser humano, los animales, las plantas y los elementos naturales. La expresión franciscana reconoce una dependencia común y una orientación hacia la alabanza.

La naturaleza no aparece como una realidad utilitaria destinada exclusivamente al consumo humano. Tampoco como una divinidad impersonal. La creación posee un valor recibido de Dios y exige una actitud de respeto, gratitud y cuidado.

Responsabilidad ecológica

La sensibilidad franciscana ofrece fundamentos espirituales para una responsabilidad ecológica: sobriedad en el consumo, rechazo de la avaricia, defensa de los pobres afectados por la degradación ambiental y reconocimiento del valor de las criaturas.

La crisis ecológica revela también una crisis moral. Cuando la persona trata el mundo como propiedad absoluta, rompe la relación de gratitud y convierte los bienes comunes en instrumentos de dominio. La pobreza evangélica propone una forma alternativa de habitar la tierra: utilizar sin devastar, recibir sin acaparar y compartir sin excluir.

La cruz y el sufrimiento

La espiritualidad franciscana no busca el sufrimiento por sí mismo. La pobreza, la penitencia y la renuncia poseen valor cuando expresan amor a Cristo y solidaridad con quienes sufren.

Francisco contempla la cruz como revelación del amor divino. El Crucificado manifiesta un Dios que no domina mediante la fuerza, sino que salva mediante la entrega. El franciscano aprende de la cruz a abandonar la violencia, aceptar la vulnerabilidad y servir sin exigir reconocimiento.

La unión con Cristo crucificado tampoco autoriza a justificar abusos, injusticias o situaciones de opresión. La cruz cristiana no legitima que unos impongan sufrimientos evitables a otros. La caridad franciscana combate las condiciones que destruyen la dignidad y acompaña a quienes padecen.

Eucaristía y vida sacramental

La espiritualidad franciscana permanece vinculada a la vida sacramental de la Iglesia. La Eucaristía ocupa un lugar central porque actualiza sacramentalmente la entrega de Cristo y reúne a los hermanos en una única comunión.

La pobreza, la fraternidad y el servicio reciben de la Eucaristía su forma cristiana. El hermano que participa del Cuerpo de Cristo no puede utilizar a los demás como instrumentos. La comunión sacramental exige una comunión concreta, expresada en el perdón, el compartir y la atención a los necesitados.

La penitencia también posee una función decisiva. La conversión franciscana implica reconocer el pecado, abandonar la autosuficiencia y volver a Dios con confianza. La alegría no elimina la penitencia; nace de ella cuando el pecador descubre la misericordia.

Expresiones históricas del carisma

Frailes Menores

Los Frailes Menores viven el carisma franciscano mediante la fraternidad, la pobreza, la predicación, el trabajo pastoral, la misión y la cercanía a los pobres. Su nombre recuerda que la minoridad no constituye un añadido devocional, sino una dimensión esencial de la identidad franciscana.

Clarisas

Santa Clara de Asís acogió el ideal evangélico de Francisco y lo vivió desde la contemplación, la clausura, la pobreza y la fraternidad. La tradición clariana muestra que el carisma franciscano no depende exclusivamente de la itinerancia apostólica: también puede expresarse mediante una vida escondida de oración y comunión.

Orden Franciscana Seglar

La espiritualidad franciscana también alcanza a los laicos. La Orden Franciscana Seglar permite vivir el Evangelio en medio de la familia, el trabajo, la sociedad y la Iglesia, mediante la conversión continua, la sobriedad, la fraternidad y el servicio.

Otras familias franciscanas

Numerosas congregaciones masculinas y femeninas han desarrollado el carisma franciscano en campos como la educación, la asistencia sanitaria, la misión, la contemplación, la pastoral parroquial y la defensa de los pobres. La diversidad institucional no elimina la unidad fundamental del espíritu: Cristo, el Evangelio, la minoridad, la fraternidad y la pobreza.

Actualidad de la espiritualidad franciscana

La espiritualidad franciscana conserva una particular actualidad porque responde a problemas contemporáneos como el individualismo, el consumismo, la soledad, la polarización social, la crisis ecológica y la exclusión de los pobres.

Frente al individualismo, propone fraternidad concreta. Frente al consumismo, sobriedad y libertad interior. Frente a la búsqueda de poder, minoridad y servicio. Frente a la indiferencia, misericordia y cercanía. Frente a la explotación de la naturaleza, gratitud y cuidado de la creación. Frente a la desesperanza, alegría fundada en Cristo.

Su actualidad no depende de convertir a Francisco en símbolo de una causa particular. El santo de Asís conserva su fuerza precisamente porque remite a Jesucristo y al Evangelio. La renovación franciscana pierde profundidad cuando separa la paz, la ecología o la solidaridad de la conversión cristiana.

Síntesis espiritual

La espiritualidad franciscana puede resumirse en varias afirmaciones fundamentales:

  • Cristo es el centro de toda la existencia.
  • El Evangelio es una forma de vida, no solo un conjunto de ideas.
  • La pobreza libera cuando renuncia tanto a la posesión material como a la apropiación del yo.
  • La minoridad transforma las relaciones, porque rechaza la superioridad y convierte la autoridad en servicio.
  • La fraternidad constituye un testimonio, especialmente cuando incluye el perdón y la misericordia.
  • La creación es don, no propiedad absoluta.
  • La paz exige conversión, justicia y reconciliación.
  • La alegría nace de la gratitud, la libertad interior y el amor de Cristo.
  • El mundo entero es lugar de misión, encuentro y servicio.

La espiritualidad franciscana no invita simplemente a imitar la apariencia de san Francisco. Invita a entrar, con la gracia de Dios, en la lógica de Cristo: recibirlo todo como don, vivir sin apropiarse de los demás ni de la creación, hacerse pequeño ante Dios y caminar como hermano entre los pobres, anunciando la paz y alabando al Creador.

Citas y referencias

  1. Papa Juan Pablo II. A las familias franciscanas en la Ermitanía de Greccio (Rieti - Italia) (2 de enero de 1983) - Discurso, 3 (1983). 2
  2. San Francisco de Asís. Enciclopedia Católica, San Francisco de Asís (1913). 2 3
  3. Santa Sede. Acta Apostólica Sedis: Número 11, noviembre de 2021, 78 (2021). 2
  4. Papa Francisco. A los participantes del Capítulo General de la Orden de los Frailes Menores (26 de mayo de 2015), 1 (2015). 2 3 4
  5. Minoría como lugar de encuentro con Dios, Papa Francisco. A los franciscanos de la Primera Orden y de la Tercera Orden Regular (23 de noviembre de 2017), 1 (2017). 2
  6. Charles J. Chaput, O.F.M., Cap. Sin glosa: Francisco de Asís y el catolicismo occidental, 9 (2015).
  7. Charles J. Chaput, O.F.M., Cap. Sin glosa: Francisco de Asís y el catolicismo occidental, 8 (2015).
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