Desde los inicios de la comunidad cristiana, la figura y el papel de la Virgen María en la historia de la salvación han sido objeto de profunda reflexión y veneración1. El desarrollo de la mariología y el culto a la Virgen a lo largo de los siglos han contribuido a revelar cada vez mejor el «rostro mariano» de la Iglesia1. Los cristianos han venerado, amado y orado a María de manera particular e intensa, reconociéndola como un camino privilegiado hacia Cristo, en obediencia a Jesús, quien le ha reservado un papel especial en la economía de la salvación1.
Los Padres Apostólicos del siglo II, como Justino y Ireneo, ya implicaban la verdad de la Inmaculada Concepción al establecer un paralelismo y contraste entre María y Eva2. Si la primera Eva fue creada en gracia sin pecado, era apropiado que la nueva Eva, quien revirtió la desobediencia de la primera, también fuera creada sin pecado original2. Esta comprensión temprana subraya la importancia de María en la historia universal de la salvación como la «Nueva Eva»2.
