La palabra espiritualidad puede designar tanto la vida interior de una persona como el conjunto de prácticas, convicciones y modos de vida que expresan su relación con Dios. En el cristianismo, no significa apartarse del cuerpo, de la sociedad o de las responsabilidades cotidianas. La acción del Espíritu Santo alcanza a la persona entera -inteligencia, voluntad, afectos y cuerpo- y orienta su vida hacia el Evangelio. Por eso, la espiritualidad cristiana no consiste en alcanzar la salvación mediante el esfuerzo propio ni en buscar una perfección individual desligada de la gracia.3
En sentido teológico, la vida espiritual es participación, por la gracia, en la vida de Dios. Esa participación comienza en la existencia terrena y tiene su plenitud en la vida eterna. La espiritualidad cristiana posee así una dimensión trinitaria, porque conduce a la comunión con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; es cristocéntrica, porque Cristo revela a Dios y comunica su vida; y es escatológica, porque se dirige a la plenitud futura del Reino de Dios.4

