El origen de las Estaciones de la Cruz se remonta a la Tierra Santa, donde los peregrinos visitaban los lugares asociados con la Pasión de Cristo desde los primeros tiempos del cristianismo1,2. Aunque la Vía Dolorosa en Jerusalén no fue llamada así hasta el siglo XVI, la tradición afirma que la Santísima Virgen María visitaba diariamente las escenas de la Pasión de su Hijo1. San Jerónimo también menciona las multitudes de peregrinos que acudían a los lugares santos en su época. Sin embargo, no existe evidencia directa de una forma establecida de esta devoción en esas fechas tempranas, y Santa Silvia (c. 380) no la menciona en su «Peregrinatio ad loca sancta»1.
El deseo de reproducir los lugares santos en otras tierras para aquellos que no podían peregrinar a Jerusalén surgió tempranamente. Ya en el siglo V, San Petronio, obispo de Bolonia, construyó un grupo de capillas conectadas en el monasterio de San Stefano, con la intención de representar los santuarios más importantes de Jerusalén, lo que llevó a que el monasterio fuera conocido como «Hierusalem»1. Estos pueden considerarse como el germen del cual se desarrollaron posteriormente las Estaciones de la Cruz, aunque la forma moderna no se consolidaría hasta el siglo XV1.
Durante los siglos XII, XIII y XIV, varios viajeros que visitaron Tierra Santa mencionaron una «Via Sacra», una ruta establecida que los peregrinos seguían. Sin embargo, sus relatos no la identifican con la Via Crucis tal como la conocemos hoy, con paradas específicas e indulgencias adjuntas1. La concesión de indulgencias a estas estaciones probablemente se debe a los franciscanos, a quienes se les confió la custodia de los lugares santos en 13421.
El uso del término «Estaciones» para referirse a los lugares de detención acostumbrados en la Via Sacra de Jerusalén aparece por primera vez en el relato de William Wey, un peregrino inglés que visitó Tierra Santa en 1458 y 14621. A lo largo de los siglos XV y XVI, se establecieron varias reproducciones de los lugares santos en diferentes partes de Europa, como las capillas construidas por el Beato Álvarez en el convento dominico de Córdoba y las de la Beata Eustoquia en su convento de Messina1.
La popularidad de la devoción creció significativamente debido a las indulgencias adjuntas. En 1686, Inocencio XI concedió a los franciscanos el derecho de erigir las Estaciones en todas sus iglesias, declarando que todas las indulgencias obtenidas por visitar los lugares reales de la Pasión de Cristo podían ganarse haciendo el Vía Crucis en sus propias iglesias1. Este privilegio fue confirmado por Inocencio XII en 1694 y extendido a todos los fieles por Benedicto XIII en 17261. La erección y el uso generalizado de las Estaciones no se hicieron comunes hasta finales del siglo XVII1.
