La esterilidad sobrevenida designa aquella incapacidad para procrear que se manifiesta tras el inicio de la vida conyugal, distinguiéndose de la esterilidad primaria o congénita. En la tradición católica, el matrimonio se ordena por naturaleza a la procreación y educación de la descendencia, pero esta esterilidad no anula su esencia como comunión de vida y amor mutuo. La Iglesia enseña que el lazo matrimonial conserva su indisolubilidad y valor intrínseco, incluso ante la ausencia de hijos biológicos.6
Este fenómeno afecta a numerosas parejas, generando un sufrimiento profundo comparable a cruces bíblicas como las de Abraham o Raquel, quienes clamaron por descendencia ante Dios.1 No se trata de un mal absoluto, sino de una prueba que invita a la confianza en la providencia divina y a la apertura a formas alternativas de fecundidad.
