Anna Katharina Emmerick, nacida el 8 de septiembre de 1774 en Flamschen, cerca de Coesfeld (Westfalia, Alemania), creció en una familia humilde de campesinos, como la menor de nueve hermanos. Desde niña mostró una inclinación especial hacia la oración y la vida religiosa, frecuentando la iglesia de Coesfeld y realizando la Via Crucis en solitario. A pesar de su escasa educación formal, poseía un conocimiento profundo de las verdades de la fe.1
Tras trabajar como sirvienta y costurera, ingresó en 1802 en el monastero agustino de Agnetenberg en Dülmen. Allí comenzó a sufrir frecuentes enfermedades y dolores intensos entre 1802 y 1811, que ella asociaba espiritualmente con la Pasión de Cristo. La secularización prusiana llevó a la supresión del convento en 1811, obligándola a abandonar la vida claustral. Encontró refugio como doméstica con el abate francés Dominique Lambert en Dülmen, pero pronto su salud se agravó, confinándola a la cama de forma permanente.1
Este período de debilidad física contrastaba con una rica vida interior, marcada por visiones y éxtasis, que culminarían en la recepción de los estigmas. Su existencia se convirtió en un testimonio de paciencia y fortaleza en la fe, sustentada por la Eucaristía, como resaltó la homilía de su beatificación.2

