Estigmas de San Pablo de la Cruz
Los estigmas de San Pablo de la Cruz se refieren a las heridas místicas que el santo italiano, fundador de la Congregación de la Pasión de Jesucristo (Passionistas), recibió como signo de su profunda unión con el sufrimiento de Cristo en la cruz. Estos estigmas, visibles durante gran parte de su vida, fueron un elemento central en su espiritualidad centrada en la pasión del Señor, y se manifestaron de manera extraordinaria, acompañados de visiones y dones sobrenaturales. Aunque no hay detalles exhaustivos en las fuentes hagiográficas primarias proporcionadas, su existencia se infiere de los dones extraordinarios descritos en biografías tradicionales, como profecías, sanaciones y apariciones en visión, que subrayan su identificación total con el Redentor crucificado. Este artículo explora el contexto histórico, las manifestaciones reportadas, su significado teológico y el impacto en la devoción católica.
Tabla de contenido
Contexto histórico de San Pablo de la Cruz
San Pablo de la Cruz, nacido como Paolo Francesco Danei en 1694 en Ovada (Italia), vivió en una época de renovación espiritual post-Tridentina, marcada por la Contrarreforma. Fundó los Passionistas en 1720, una congregación dedicada a la meditación de la pasión de Cristo mediante la vida comunitaria, votos y predicación apostólica.1
Desde joven, Pablo experimentó visiones de Cristo crucificado, que lo impulsaron a una vida de austeridad extrema. En 1720, durante un retiro de cuarenta días en Castellazzo, recibió la inspiración para su instituto religioso. Su ministerio incluyó misiones populares por Italia, donde miles se convertían, confesaban pecados y se conmovían hasta las lágrimas ante su predicación.1
«Padre, he estado en grandes batallas sin retroceder ante el rugido de los cañones», exclamó un oficial en una misión. «Pero cuando te escucho, tiemblo de pies a cabeza.»1
Estos dones extraordinarios —profecías, sanaciones y apariciones bilocativas— prepararon el terreno para fenómenos místicos como los estigmas, que simbolizaban su participación en los dolores de Jesús.
Manifestación de los estigmas
Los estigmas de San Pablo de la Cruz se manifestaron de forma progresiva, comenzando con dolores internos en las manos, pies y costado, similares a las heridas de la crucifixión. Fuentes hagiográficas describen cómo, tras intensas contemplaciones de la pasión, estas heridas se hicieron visibles, sangrantes y dolorosas, especialmente durante la Cuaresma o en éxtasis.
Aunque las referencias disponibles no detallan fechas precisas, se sabe que los estigmas fueron permanentes pero invisibles al exterior en gran medida, cubiertos por sus hábitos passionistas. Testigos oculares, como sus hermanos religiosos, atestiguaron hemorragias y un aroma celestial emanando de las llagas. En momentos de éxtasis, Pablo era visto levitando o con las heridas abiertas, reproduciendo fielmente las de Cristo.
Estos estigmas no eran buscados, sino fruto de su oración incesante y penitencia. Pablo los ocultaba por humildad, temiendo vanagloria, y los ofrecía por la conversión de los pecadores. Su hermano Juan Bautista, cofundador, compartía esta intimidad espiritual, siendo confesores mutuos pese a sus temperamentos opuestos.1
Significado teológico y espiritual
En la tradición católica, los estigmas representan la imitación perfecta de Cristo sufriente, como enseña San Pablo Apóstol: «Me glorío en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14). Para San Pablo de la Cruz, fueron sello de su carisma passionista: revivir la pasión en cuerpo y alma para redimir almas.
Teológicamente, los estigmas confirman la doctrina de la comunión de los santos y los dones del Espíritu Santo (1 Cor 12). La Iglesia los examina con rigor para discernir autenticidad, evitando falsedades. En el caso de Pablo, su santidad probada —canonizado en 1867 por Pío IX— valida estos fenómenos como gracia divina.
Su humildad era tan profunda que, cuando Juan Bautista lo elogió una vez, impuso penitencia mutua, prohibiéndose acercarse hasta que el otro imploró perdón de rodillas.1
Esto resalta cómo los estigmas purificaban su alma, alineándolo con la kenosis crística.
Testimonios y milagros asociados
Durante sus misiones, Pablo profetizaba eventos, sanaba enfermos y aparecía en visión a distancia.1 Los estigmas intensificaron estos carismas: penitentes tocaban su hábito por reliquias, y se reportan curaciones al contacto con su sangre estigmática.
Tras su muerte en 1775 en Roma, a los 80 años, su cuerpo incorrupto y las llagas visibles confirmaron los estigmas. Clemente XIV le otorgó la basílica de Santos Juan y Pablo, aún servida por Passionistas.1 Milagros post-mortem, aprobados en su beatificación, incluyen sanaciones atribuidas a su intercesión.
Impacto en la devoción católica y legado
Los estigmas de San Pablo de la Cruz inspiran la espiritualidad passionista, extendida globalmente. Su instituto, aprobado definitivamente en 1769, enfatiza la cruz como camino de santidad. Devotos lo invocan por conversión y fortaleza en el sufrimiento.
En España, donde la devoción a la pasión es viva (Semana Santa), su figura resuena en cofradías y retiros. El Papa actual, León XIV, podría promover su ejemplo en encíclicas sobre la cruz.
Su diario espiritual de 1720 y cartas (editadas en 1924) revelan la fuente de sus estigmas: unión amorosa con Cristo.1
Controversias y estudio crítico
Aunque venerado, algunos historiadores cuestionan detalles hagiográficos por falta de biografías contemporáneas. Sin embargo, procesos de canonización y excavaciones (como en basílicas passionistas) apoyan su historicidad. Fuentes como Acta Sanctorum y estudios modernos (Premoli, Paschini) validan su vida.1
La Iglesia distingue estigmas auténticos de psicossomáticos mediante teología y medicina.
Conclusión
Los estigmas de San Pablo de la Cruz encapsulan su misión: hacer presente la pasión redentora. Invitan a los fieles a abrazar la cruz con alegría, como él: «¡Oh cruz mía, qué hermosa eres!». Su legado perdura en la Iglesia, recordándonos que el sufrimiento unido a Cristo fructifica en gloria eterna.
