San Pablo de la Cruz, nacido como Paolo Francesco Danei en 1694 en Ovada (Italia), vivió en una época de renovación espiritual post-Tridentina, marcada por la Contrarreforma. Fundó los Passionistas en 1720, una congregación dedicada a la meditación de la pasión de Cristo mediante la vida comunitaria, votos y predicación apostólica.1
Desde joven, Pablo experimentó visiones de Cristo crucificado, que lo impulsaron a una vida de austeridad extrema. En 1720, durante un retiro de cuarenta días en Castellazzo, recibió la inspiración para su instituto religioso. Su ministerio incluyó misiones populares por Italia, donde miles se convertían, confesaban pecados y se conmovían hasta las lágrimas ante su predicación.1
«Padre, he estado en grandes batallas sin retroceder ante el rugido de los cañones», exclamó un oficial en una misión. «Pero cuando te escucho, tiemblo de pies a cabeza.»1
Estos dones extraordinarios —profecías, sanaciones y apariciones bilocativas— prepararon el terreno para fenómenos místicos como los estigmas, que simbolizaban su participación en los dolores de Jesús.
