Santa Catalina de Ricci, nacida como Alessandra Lucrezia Romola el 23 de abril de 1522 en Florencia, ingresó en el convento dominico de San Vicente en Prato a los trece años, adoptando el nombre de Catalina en su vestidura religiosa en 1535. Proveniente de una familia de banqueros y comerciantes, quedó huérfana de madre siendo niña y fue educada por una madrastra devota que fomentó su inclinación a la oración solitaria. Su vida religiosa se vio marcada por enfermedades iniciales que santificó mediante la meditación en la Pasión de Cristo, lo que la llevó a ocupar cargos como maestra de novicias, subpriora y, finalmente, priora perpetua desde los treinta años.3
Falleció el 2 de febrero de 1590 a los sesenta y siete años, tras una larga enfermedad, y fue canonizada por Benedicto XIV en 1746, con gran júbilo en Prato, donde su cuerpo reposa en el convento de Santa Catalina (antiguo San Vicente). Su santidad atrajo visitas de figuras como tres cardinals que luego serían papas, y mantuvo comunicación milagrosa con santos contemporáneos como San Felipe Neri.4,3
