Catalina de Siena y la unión con Cristo
Catalina Benincasa nació en Siena el 25 de marzo de 1347 y murió en Roma el 29 de abril de 1380. Desde su infancia vivió experiencias visionarias y una intensa vida de oración. En su juventud ingresó en el movimiento de las terciarias dominicas, conocidas como mantellate, y desarrolló una espiritualidad marcada por la penitencia, la caridad y la contemplación de Cristo crucificado.1,3
Su vida mística no quedó recluida en el ámbito privado. Catalina atendió a enfermos y pobres, reunió a numerosos discípulos y participó en cuestiones eclesiales y políticas de gran importancia. También escribió a papas, gobernantes, religiosos y laicos, impulsada por el deseo de promover la paz y la renovación de la Iglesia.1,3
La espiritualidad de Catalina entendía la unión con Cristo como una transformación completa de la persona. La contemplación del Crucificado debía producir amor a Dios, servicio al prójimo y participación interior en los sufrimientos de Cristo. Juan Pablo II relacionó esta profunda comunión interior con el don de los estigmas y con la autoridad espiritual que Catalina ejerció sobre personas de muy distinta condición.4
La contemplación de la Pasión
La tradición sobre Catalina presenta la Pasión de Cristo como el centro de su vida espiritual. Sus experiencias místicas no consistían solo en imágenes religiosas, sino también en un intenso sufrimiento interior, en actos de compasión y en una disposición a ofrecerse por la Iglesia y por la conversión de los pecadores.
La doctrina clásica sobre los estigmas concede especial importancia a la participación en los sufrimientos de Cristo. Las marcas corporales, cuando aparecen, poseen un valor secundario respecto de la caridad y del sufrimiento espiritual. Sin esa transformación interior, las heridas no pasarían de ser un signo exterior carente de sentido cristiano.5



