Los estigmas místicos, también conocidos como llagas del Señor, son marcas o dolores correspondientes a las heridas de la crucifixión de Jesucristo que aparecen en el cuerpo de ciertos místicos. La Iglesia Católica los considera un don sobrenatural excepcional, destinado a unir al favorecido con los sufrimientos de Cristo para la expiación de los pecados.1
Históricamente, el primer caso reconocido es el de San Francisco de Asís en 1224, cuyas llagas eran únicas por presentar excrescencias de carne simulando clavos.1 Posteriormente, se multiplicaron entre santos y beatos, especialmente entre los siglos XIII y XX. Se distinguen en visibles (con signos externos) y invisibles (solo dolores internos), siendo estos últimos más comunes por evitar la vanagloria.1
En este marco, los estigmas de Santa Catalina de Siena (1347-1380) representan un ejemplo paradigmático de estigmas invisibles, solicitados por la santa para preservar su humildad.

