La palabra estigma procede del griego stígma, «marca» o «señal». En el ámbito cristiano designa principalmente la aparición, en una persona viva, de signos semejantes a las heridas causadas a Jesucristo durante la crucifixión.
Los estigmas suelen localizarse en:
- Las manos o las muñecas, por la referencia a los clavos.
- Los pies, por la crucifixión.
- El costado, como recuerdo de la lanzada descrita en el Evangelio.
- La frente o el cuero cabelludo, en alusión a la corona de espinas.
- La espalda, los hombros u otras zonas, como evocación de la flagelación y del peso de la cruz.
La tradición espiritual distingue entre estigmas visibles, acompañados de heridas o marcas externas, y estigmas invisibles, que consisten en dolores intensos relacionados interiormente con la Pasión sin lesiones apreciables. Una antigua síntesis teológica considera que el sufrimiento unido a la compasión por Cristo posee mayor relevancia espiritual que la mera presencia de una marca corporal.1
El estigma, por tanto, no equivale simplemente a una herida. Dentro de la espiritualidad cristiana adquiere un posible sentido simbólico: la participación del creyente en los sufrimientos de Cristo y la configuración de la propia vida con el Crucificado.



