La liturgia es la celebración sacramental del misterio pascual de Jesucristo. En ella, la Iglesia no organiza simplemente una actividad comunitaria ni ofrece una representación religiosa, sino que participa en la obra de Dios. Por esta razón, el estilo litúrgico debe entenderse como una forma de expresar y celebrar una realidad recibida, no como una creación artística independiente.
El estilo abarca tanto elementos visibles como disposiciones interiores:
- El espacio celebrativo: altar, ambón, sede, baptisterio, imágenes y distribución de la asamblea.
- El tiempo litúrgico: domingo, solemnidades, fiestas, memorias, ferias y ciclos del año cristiano.
- Los gestos y posturas: procesiones, inclinaciones, genuflexiones, estar de pie, sentarse, arrodillarse, extender las manos y guardar silencio.
- Las palabras: proclamación bíblica, oraciones, himnos, respuestas y homilía.
- El canto y la música: salmodia, himnos, aclamaciones y acompañamiento musical.
- Los objetos y ornamentos: vasos sagrados, vestiduras, incienso, luces y demás signos rituales.
- La actitud de quienes celebran: reverencia, escucha, sobriedad, alegría, recogimiento, silencio y disponibilidad para recibir la gracia.
La calidad del estilo litúrgico no depende de la cantidad de recursos empleados. Una celebración puede ser sencilla y, al mismo tiempo, digna, profunda y expresiva. También puede presentar abundancia artística y fracasar si convierte la liturgia en espectáculo, improvisación o exhibición personal.


