La estola pertenece a las vestiduras sagradas propias de los ministros ordenados. No constituye un adorno personal ni una simple señal externa de autoridad: manifiesta sacramentalmente un ministerio recibido en la Iglesia y orientado al servicio del pueblo de Dios.
La tradición teológica relaciona las vestiduras litúrgicas con las disposiciones necesarias para tratar las realidades divinas. Santo Tomás de Aquino atribuye a la estola del diácono la representación de su servicio en los sacramentos y reserva para la estola sacerdotal, colocada sobre ambos hombros, el significado de una potestad plena para administrarlos.1,2
Por este motivo, la estola constituye el signo distintivo del poder sacerdotal, entendido no como poder civil o dominio sobre otras personas, sino como autoridad ministerial recibida mediante el sacramento del Orden para anunciar el Evangelio, ofrecer el culto divino y santificar a los fieles.



