Stella Maris significa literalmente «Estrella del Mar». La expresión no constituye una traducción literal del nombre hebreo de María. Su origen procede de una evolución histórica de interpretaciones latinas vinculadas al nombre Maria y de la progresiva elaboración teológica y devocional de la Iglesia.
La imagen de la estrella posee un doble valor:
- Orientación: la estrella permite encontrar el rumbo durante la noche y en medio de la tempestad.
- Esperanza: su luz anuncia que el navegante no está completamente perdido y que existe un puerto hacia el que dirigirse.
La tradición cristiana aplicó esta imagen a María por su relación singular con Cristo. Ella es la Madre del Salvador, la mujer que acogió la Encarnación y la discípula que muestra, mediante su fe, el camino de la obediencia a Dios. La estrella no sustituye al sol, sino que orienta hacia él. Del mismo modo, María no ocupa el lugar de Jesucristo, que es la luz verdadera, sino que conduce hacia Él.
Benedicto XVI explicó que la vida humana puede compararse con una travesía por un mar oscuro y agitado. Cristo constituye la luz principal, pero los cristianos también necesitan personas que reflejen esa luz y ayuden a encontrar el camino. María ocupa entre ellas un lugar singular porque, mediante su consentimiento a Dios, abrió la puerta de la Encarnación.1



