El término ethos, de origen griego (ἦθος), significa «carácter» o «costumbre» y en la filosofía clásica, especialmente en Aristóteles, alude al hábito moral que perfecciona las potencias apetitivas del alma bajo la guía de la razón. En la teología católica, este concepto se enriquece con la Revelación cristiana, trascendiendo lo natural para abarcar la dimensión sobrenatural. No se trata solo de normas externas, sino de una estructura psicológica y espiritual que habilita al hombre para actuar con prontitud, gozo y facilidad en el bien.3,2
San Tomás de Aquino, en su síntesis teológica, distingue entre virtudes adquiridas —fruto de la práctica humana— y infusas —don de Dios mediante la gracia santificante—. El ethos católico integra ambas: las primeras sostienen el orden social y la convivencia civil (como la justicia del carnicero o la moderación del tabernero), mientras las segundas, derivadas de la gracia, ordenan al hombre hacia la participación en la vida divina.3,1 Así, el ethos es un «hábito estable del alma» que configura la personalidad para la beatitud eterna.4

