Centralidad de la dignidad humana y de la libertad
Un principio constante es que los problemas ambientales y las decisiones ecológicas involucran a la persona humana, «centro de la creación». Por ello, las decisiones económicas y políticas sobre el ambiente deben estar orientadas al servicio de individuos y pueblos.
Esto implica que la protección ambiental no puede reducirse a un proyecto meramente ambientalista o tecnocrático desconectado de la vida real de las personas. La libertad y la dignidad de quienes viven el impacto (comunidades locales, familias, grupos vulnerables) deben ocupar el primer plano del discernimiento ético.
Solidaridad universal, justicia social y responsabilidad
La ética ambiental católica insiste en la interdependencia y en principios como la solidaridad universal, la justicia social y la responsabilidad. Esta estructura moral no busca solo mitigar daños, sino promover una verdadera cultura de la vida que incluya el cuidado de la casa común.
En la misma línea, la Iglesia exhorta a considerar la suerte de los «hijos del mundo» al evaluar opciones de acción, a abrirse al estudio de los valores vinculados a la ley natural, y a usar la ciencia y la tecnología de modo pleno y constructivo, evaluando sus resultados a la luz de la centralidad de la persona humana, del bien común y del propósito interno de la creación.
Límite moral de la «propiedad» y mayordomía
Otro principio es la humildad ante el tema de la propiedad. El ser humano no ha sido confiado con un poder ilimitado sobre la creación: es mayordomo del patrimonio común. La fragilidad humana —la mortalidad y la limitación del juicio— advierte que no conviene decidir de manera irreversible sobre lo que se considera propio durante la breve permanencia en la tierra.
Integridad ecológica y unidad de los problemas
La ética ambiental católica también sostiene que no se puede analizar el mundo aislando un aspecto. En la Laudato si’ se afirma que «el libro de la naturaleza es uno e indivisible» y comprende el ambiente, la vida, la sexualidad, la familia, las relaciones sociales, etc. Por ello, la degradación de la naturaleza está estrechamente conectada con la cultura que configura la convivencia humana.
Así, la ética ambiental no es un sector separado: es una forma de comprender la realidad humana y social donde el daño ecológico y el daño cultural y social proceden de un mismo mal.