Condena constante y «doctrina inmutable»
La Iglesia sostiene que, desde los primeros siglos, se ha afirmado el carácter moralmente malvado de todo aborto provocado y que esa enseñanza no ha cambiado. El Catecismo lo formula de manera directa:
«Desde el primer siglo la Iglesia ha afirmado el mal moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado y permanece inmutable. El aborto directo, es decir, el aborto querido como fin o como medio, es gravemente contrario a la ley moral».1
Esta formulación resulta decisiva para la ética católica: no se trata solo de un asunto de «circunstancias», sino del objeto moral del acto deliberado. El Catecismo añade que:
«No matarás al embrión por medio del aborto, y no permitirás que perezca el recién nacido».1
Protección de la vida desde la concepción
La ética católica no reduce la persona humana a etapas posteriores ni interpreta el inicio de la vida como un mero «proyecto» sin valor moral propio. El Catecismo enseña:
«La vida debe protegerse con el máximo cuidado desde el momento de la concepción: el aborto y el infanticidio son crímenes abominables».1
Así, la valoración moral no queda condicionada por el grado de desarrollo biológico alcanzado. La consecuencia ética es clara: el aborto provocado entra en una categoría moralmente inaceptable, precisamente por su carácter de muerte intencional de una vida humana inocente.1
