La ética financiera católica no es un apéndice opcional, sino un imperativo derivado de la antropología cristiana, que ve al ser humano como imagen de Dios y centro de toda actividad económica.1 Esta visión se remonta a las Escrituras y los Padres de la Iglesia, pero ha sido sistematizada en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI).
Raíces bíblicas y patrísticas
La Biblia condena la usura y exalta la caridad como respuesta a la pobreza: «No oprimirás a tu prójimo ni le robarás» (Lv 19,13). San Juan Crisóstomo, en el siglo IV, afirmaba que no compartir los bienes con los pobres es robarles y privarles de vida, subrayando que los bienes poseídos pertenecen en realidad a los necesitados.2 Esta tradición patrística integra la justicia como «firme y constante voluntad de dar a Dios y al prójimo lo suyo».3
Desarrollo en el Magisterio moderno
El Magisterio contemporáneo, iniciando con León XIII en Rerum novarum (1891), ha profundizado estos principios. En Centesimus Annus (1991), Juan Pablo II distingue una economía de mercado ética, que reconoce la propiedad privada y la iniciativa empresarial, de un capitalismo ideológico que absolutiza el lucro.4 Benedicto XVI, en Caritas in Veritate (2009), insiste en que la economía necesita una ética centrada en la persona, no en abstracciones ideológicas.1 Francisco, en discursos recientes, critica finanzas que «pisan a las personas» y fomentan desigualdades, promoviendo una «economía civil» inclusiva.5
