La persona humana, imagen de Dios
La ética médica, en clave católica, no comienza describiendo técnicas o procedimientos, sino la persona a la que esas técnicas afectan. La dignidad humana está arraigada en la creación del hombre a imagen de Dios y alcanza su plenitud en su vocación a la bienaventuranza. Al obrar moralmente, la persona se conforma —o no— al bien prometido por Dios, escuchando la conciencia y respondiendo con actos deliberados.1
Esta perspectiva se concreta en que la imagen divina está presente en todo ser humano, y se manifiesta en la comunión personal, en la capacidad de entender el orden querido por el Creador y en la libertad para dirigirse al bien verdadero.1
Unidad de cuerpo y alma
El cuerpo humano no es un «instrumento» intercambiable, sino parte integrante de la persona. La tradición enseña que el cuerpo participa en la dignidad propia de la «imagen de Dios», porque es un cuerpo humano precisamente en cuanto está animado por un alma espiritual, de modo que la persona entera está llamada a convertirse, en el misterio cristiano, en «templo del Espíritu».4
De ahí se sigue un principio moral básico: el ser humano no puede despreciar su vida corporal, y está obligado a honrarla como un bien creado por Dios.4
