La Iglesia Católica enseña que la Eucaristía es, ante todo, un sacrificio1. Esta verdad se manifiesta en las palabras de institución de Jesús en la Última Cena: «Este es mi cuerpo que es entregado por ustedes» y «Esta copa que es derramada por ustedes es la Nueva Alianza en mi sangre»2. Con estas palabras, Jesús no solo entregó su cuerpo y sangre como alimento y bebida, sino que también expresó el significado sacrificial de su inminente Pasión y la hizo sacramentalmente presente3.
El sacrificio de la Eucaristía no es una repetición del sacrificio de Cristo en el Calvario, sino su re-presentación o actualización4,5. Es el mismo Cristo quien se ofrece, solo que la manera de ofrecer es diferente: en la cruz fue de forma cruenta, y en la Eucaristía es de forma incruenta6. San Juan Pablo II enfatizó que «el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un solo y único sacrificio»7,6. La Eucaristía, al ser un verdadero sacrificio, realiza la restauración de la humanidad a Dios a través de la novedad pascual de la Redención1.
La Eucaristía como Memorial
La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo2,8. No es simplemente un recuerdo histórico de un evento pasado, sino que, por la acción misteriosa del Espíritu Santo, el Misterio Pascual del Señor se hace presente y contemporáneo para la Iglesia4. En este sentido, es «conmemorativa de la Pasión de nuestro Señor, que fue un verdadero sacrificio»9. Esta celebración es una «imagen representativa de la Pasión de Cristo», que es su verdadero sacrificio10,11.
La Eucaristía como Ofrenda a Dios
El aspecto sacrificial de la Eucaristía implica una oblación a Dios12,11. San Juan Pablo II subraya que el sacrificio de Cristo en la cruz es, ante todo, un don al Padre: «un sacrificio que el Padre aceptó, dando, a cambio de esta total auto-entrega de su Hijo, que 'se hizo obediente hasta la muerte' (Flp 2,8), su propio don paternal»3.
En la Eucaristía, la Iglesia, como Cuerpo y Esposa de Cristo, participa en la ofrenda sacrificial de su Cabeza y Esposo4. Los fieles, unidos a Cristo, se ofrecen a sí mismos como sacrificio al Padre4. Así, la Iglesia entera ejerce el papel de sacerdote y víctima junto con Cristo, ofreciendo la Misa y ofreciéndose a sí misma completamente en ella4,13.

