La institución de la Eucaristía se remonta a la Última Cena de Jesús con sus apóstoles la noche antes de su Pasión6,7. Los relatos de este evento se encuentran en los Evangelios de Mateo (Mt 26:26-29), Marcos (Mc 14:22-25), Lucas (Lc 22:15-20) y en la Primera Carta de San Pablo a los Corintios (1 Cor 11:23-26)8,9. Estos relatos, aunque presentan diferencias sutiles en la redacción, coinciden en los elementos esenciales: Jesús tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros»8,9. De manera similar, tomó el cáliz de vino, dio gracias y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre»8,10. Con el mandato «Haced esto en conmemoración mía», Jesús ordenó a sus apóstoles como sacerdotes y les mandó que perpetuaran este misterio11,9,12.
La Iglesia primitiva entendió este mandato como una instrucción para repetir las acciones y palabras de Jesús, que incluyen la fracción del pan y la oración de bendición y acción de gracias con las palabras de consagración del pan y el vino13. Desde los primeros tiempos, los cristianos se reunían para la «fracción del pan» (Hch 2:42, 46; 20:7-11), reconociendo la presencia del Señor en el pan y el vino consagrados7,14.
Más allá de la Última Cena, la Iglesia ha reconocido un «tenor eucarístico» en otros eventos bíblicos, como la multiplicación de los panes (Mc 6:30-44; Jn 6:1-14) y el encuentro de los discípulos de Emaús con el Resucitado, donde Jesús se revela «al partir el pan» (Lc 24:30-31, 35)7,15,16.

