Los relatos sobre la pasión de Eulalia, tal como se transmiten, destacan tres rasgos: su libertad interior, expresada por la valentía al confesar; su resistencia corporal, descrita a través de instrumentos y penas; y la custodia divina, narrada mediante signos portentosos.
Se cuenta que Eulalia, observada por su entorno por el ardor que mostraba hacia el martirio, logra escapar y presentarse ante el juez en el mismo día en que el tribunal se constituye. En la narración, el juez aparece como Daciano, figura recurrente en el imaginario hagiográfico de la persecución. Eulalia le reprocha intentar destruir almas mediante la exigencia de abandonar al Dios verdadero.
El diálogo evoluciona desde tentativas de persuasión hasta amenazas y exhibición de instrumentos de castigo. En los relatos se muestra que Eulalia no se limita a negar el culto pagano: además, se afirma que rechaza el acto ritual preparado para el sacrificio (en forma narrativa, «pisando» aquello que se le ofrecía) y que se mantiene en abierta confesión cristiana.
Torturas, muerte y signos narrativos
Las tradiciones describen con detalle la progresión de las torturas. Se menciona el uso de ganchos de hierro y la aplicación de antorchas encendidas, además del incendio que termina afectando de modo decisivo el desenlace del martirio. La muerte se presenta como un fallecimiento por fuego, y la fecha tradicional de la consumación aparece vinculada al 10 de diciembre.,
Junto al relato del suplicio, se transmiten signos sobrenaturales. Uno de los más característicos es la aparición de una paloma blanca que, según la tradición poética, saldría de su boca y se dirigiría hacia lo alto. El relato incluye también la caída de nieve que cubre el cuerpo y el lugar, ofreciendo a los cristianos la posibilidad de dar sepultura. Estos elementos no son meros adornos: en la literatura hagiográfica antigua sirven para subrayar que el martirio, aun siendo trágico, está interpretado como un triunfo espiritual y una vindicación divina.,