La palabra eutanasia procede de términos griegos relacionados con la idea de una «buena muerte». En el uso bioético contemporáneo, designa una acción u omisión que provoca la muerte por sí misma o por intención para eliminar el sufrimiento. El criterio decisivo no reside únicamente en el resultado, sino también en la intención de la voluntad y los medios empleados.1,2
El adjetivo perinatal alude al periodo que rodea el nacimiento. En sentido amplio, la expresión puede abarcar:
- La provocación deliberada de la muerte antes del nacimiento.
- La no iniciación o retirada intencionada de cuidados básicos a un recién nacido por razón de su discapacidad o pronóstico.
- La administración de sustancias o la realización de intervenciones destinadas directamente a causar la muerte.
- Determinadas prácticas de abandono terapéutico presentadas como atención paliativa, cuando en realidad pretenden acelerar el fallecimiento.
La terminología exige precisión. No toda limitación del tratamiento constituye eutanasia. La retirada de una terapia desproporcionada, fútil o excesivamente dolorosa puede resultar moralmente lícita cuando la muerte aparece próxima e inevitable, siempre que no desaparezca la atención ordinaria debida al paciente.1,3
