El diálogo con la serpiente
La serpiente aparece como el animal más astuto de la creación. Inicia un diálogo con la mujer y distorsiona el mandamiento divino al presentar la prohibición como si afectara a todos los árboles del jardín. Eva corrige la afirmación y reconoce que Dios ha permitido comer de los árboles, salvo del árbol situado en medio del jardín.
La serpiente contradice entonces la advertencia divina y promete que, al comer del fruto, «se abrirán los ojos» y los seres humanos serán como Dios, conocedores del bien y del mal. La tentación no consiste solo en el deseo de un alimento, sino en la búsqueda de una autonomía absoluta frente al Creador.
Eva contempla el árbol desde tres perspectivas: lo considera bueno para comer, agradable a la vista y deseable para alcanzar sabiduría. Toma el fruto, come y ofrece también a su marido, que come con ella. El texto atribuye la acción a ambos; no presenta a Eva como la única responsable de la transgresión.
Las consecuencias inmediatas
Después de comer, los ojos de ambos se abren y descubren su desnudez. Con hojas de higuera confeccionan vestidos y, al oír a Dios en el jardín, se esconden. La relación confiada con Dios queda sustituida por el miedo y la ocultación.
Cuando Dios pregunta por lo ocurrido, Adán culpa a la mujer y Eva culpa a la serpiente. La respuesta de Eva -«la serpiente me engañó y comí»- reconoce el engaño, pero no elimina su participación personal. El relato presenta una responsabilidad compartida, acompañada por una ruptura de la solidaridad entre los seres humanos.
La sentencia dirigida a Eva habla del dolor del embarazo y del parto y de una relación conyugal marcada por la dominación. El Génesis describe así las consecuencias del pecado en la existencia humana, pero no ofrece una justificación moral de la violencia o de la subordinación injusta de la mujer. El pasaje pertenece al relato de la situación herida por la transgresión, no a una autorización para perpetuarla.
Adán recibe una sentencia paralela: el suelo queda asociado al trabajo fatigoso, y el alimento cotidiano exige esfuerzo hasta el retorno al polvo. El sufrimiento afecta, por tanto, a ambos y alcanza también al mundo en el que viven.