La encíclica Evangelii Praecones fue publicada en un momento clave de la historia de la Iglesia católica, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando las misiones enfrentaban nuevos desafíos como la descolonización y la expansión del comunismo. Pío XII, consciente de estos obstáculos, retoma el espíritu de documentos previos como Maximum illud de Benedicto XV (1919) y Rerum Ecclesiae de Pío XI (1926), que habían impulsado la renovación misionera.1
El papa destaca el progreso logrado en los últimos veinticinco años: el número de misiones católicas pasó de 400 a casi 600, los católicos en territorios misioneros aumentaron de 15 millones a 20,8 millones, y el clero (nativo y extranjero) se duplicó hasta superar los 26.800 sacerdotes. Además, se crearon 88 diócesis confiadas a clérigos indígenas y se nombraron obispos nativos en varios lugares, demostrando la universalidad de la Iglesia.1
Pío XII dirige la encíclica a los obispos, sacerdotes y fieles, recordando las palabras de Jesús: «Alzad vuestros ojos y mirad las regiones, porque ya están blancas para la siega» (Jn 4,35), pero también la escasez de obreros: «La mies es mucha, mas los obreros pocos» (Mt 9,37).1
