La tradición cristiana atribuye el evangelio a san Lucas, compañero de san Pablo y autor también de los Hechos de los Apóstoles. Ya san Ireneo, en el siglo II, vinculaba a Lucas con relatos y enseñanzas de Jesús que aparecen en este evangelio, entre ellos las parábolas del buen samaritano y del hijo pródigo, y el encuentro de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús.3
El prólogo dirige la obra a Teófilo y explica que el autor ha recogido tradiciones transmitidas por testigos oculares y servidores de la Palabra. Lucas declara que ha investigado los acontecimientos desde sus orígenes y que quiere ofrecer un relato ordenado, para que Teófilo comprenda la solidez de la enseñanza cristiana recibida. La obra combina así una preocupación por los acontecimientos con una finalidad catequética: transmitir y afianzar la fe.1,4
La tradición antigua atribuye a Lucas la composición tanto del evangelio como de los Hechos. Los dos libros presentan una continuidad narrativa: el primero relata la misión de Jesús y el segundo comienza con su ascensión y desarrolla la expansión de la predicación cristiana desde Jerusalén.1




