El Evangelio es, en su sentido más profundo, la revelación de la misericordia de Dios hacia los pecadores en Jesucristo1. Es la Buena Nueva que Dios prometió a los patriarcas y que ha cumplido en Jesucristo2. Esta verdad central de la fe cristiana incluye la encarnación, la vida, la pasión, la muerte, la resurrección y la ascensión de Jesús, así como el don del Espíritu Santo, que es la fuente y el medio de la vida moral de la «nueva creación»3.
El contenido del Evangelio es Jesucristo mismo, pero su historia se entrelaza con la historia de Israel y continúa en la vida sacramental de la Iglesia, que avanza hacia su cumplimiento escatológico4. Según Tomás de Aquino, el Evangelio trata de la unión entre Dios y el hombre, que se realiza de manera primordial en la Encarnación y, secundariamente, en la adopción de los creyentes como hijos de Dios. Por lo tanto, la incorporación al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, es una parte esencial del Evangelio4.
El Evangelio no debe considerarse como algo estático o terminado, sino como algo vivo y vigoroso5. Es la enseñanza de Jesucristo que Él confió a la Iglesia Católica para su interpretación, y tiene el poder de guiar a los hombres hacia la verdad, la justicia, la virtud, la unión fraterna y la paz, sirviendo como un baluarte inquebrantable para sus leyes e instituciones5.
El Evangelio como fuente de verdad y moral
La Sagrada Escritura, y específicamente el Evangelio, es la fuente de toda verdad salvífica y enseñanza moral6,3. La Iglesia ha conservado fielmente lo que la Palabra de Dios enseña, no solo sobre las verdades que deben ser creídas, sino también sobre la acción moral que agrada a Dios3. El Evangelio es la Ley del Evangelio, que cumple, supera y perfecciona la Antigua Ley, reformando el corazón, que es la raíz de los actos humanos7. Es la preparación para el Evangelio8.
La centralidad de Cristo
Jesucristo es el centro y la plenitud de toda la Escritura9. La Iglesia nunca deja de escuchar sus palabras y relee continuamente cada detalle de su vida10. Su vida, su humanidad, su fidelidad a la verdad y su amor que todo lo abarca, hablan a todas las personas. Su muerte en la Cruz, con la profundidad de su sufrimiento y abandono, y su Resurrección, constituyen el contenido de la vida diaria de la Iglesia10.

