La producción de escritos cristianos, incluidos los evangelios, fue una actividad prolífica en los primeros siglos después de Cristo1. La necesidad de documentar y transmitir las tradiciones apostólicas llevó a la creación de numerosos textos1,2. Sin embargo, no todos estos escritos fueron considerados auténticos o normativos por la Iglesia primitiva2. El término «apócrifo» (del griego apokryphos, que significa «oculto» o «secreto») se aplica a aquellos escritos que, aunque a menudo pretendían tener un origen apostólico, fueron rechazados del canon por diversas razones3.
Tanto católicos como gnósticos contribuyeron a la redacción de estas ficciones3. Los autores católicos, a veces movidos por un celo piadoso, aunque equivocado, buscaban satisfacer una curiosidad sobre los detalles no cubiertos por los evangelios canónicos3. Por ejemplo, el autor del Pseudo-Mateo expresó su motivación con la frase: «Amor Christi est cui satisfecimus» (El amor de Cristo es lo que hemos satisfecho)3. Por otro lado, los apócrifos heréticos, especialmente los de origen gnóstico, se compusieron para justificar y rastrear sus propias creencias y particularidades hasta Cristo mismo3.
La Iglesia y los Padres de la Iglesia mostraron hostilidad hacia estas narrativas, incluso aquellas de autoría ortodoxa3. No fue hasta la Edad Media, cuando su verdadero origen fue olvidado por la mayoría de los eruditos, que estas historias apócrifas comenzaron a incorporarse ampliamente en leyendas sagradas, obras de teatro de milagros, arte cristiano y poesía3.

