El término «evangelista» proviene del griego euangelistes, que significa «portador de buenas nuevas» o «predicador del Evangelio»1. En el Nuevo Testamento, la palabra se usa en su forma sustantiva solo tres veces (Hechos 21:8; Efesios 4:11; 2 Timoteo 4:5), y parece referirse más a una función que a un orden jerárquico específico1.
Originalmente, los evangelistas eran misioneros itinerantes que se dedicaban a predicar el Evangelio a aquellos que aún no conocían la fe cristiana. Su labor consistía en preparar el camino para la obra más sistemática de pastores y maestros1. Por ejemplo, Felipe, que era diácono, también se desempeñó como evangelista, predicando en Samaria1. San Pablo también exhortó a Timoteo a «hacer obra de evangelista»1. En los escritos de los Padres Apostólicos, los misioneros a menudo eran llamados «apóstoles» o «maestros»1.
Con el tiempo, en la literatura eclesiástica posterior, el significado de la palabra «evangelista» se fue restringiendo progresivamente. Aunque ocasionalmente se aplicó a lectores en la Liturgia o incluso a diáconos, finalmente se limitó a los escritores de los Cuatro Evangelios1. Es en este sentido que el término se emplea comúnmente en el lenguaje moderno1. De hecho, la Iglesia considera que la misión de evangelizar es propia de toda la Iglesia, pero dentro de ella existen diversas tareas evangelizadoras, destacando la de los apóstoles y sus sucesores en la proclamación de la Palabra2.

