La encíclica reconoce que la sociedad contemporánea está inmersa en un «enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la 'cultura de la muerte' y la 'cultura de la vida'». Todos los individuos están involucrados en este conflicto y comparten la responsabilidad ineludible de elegir ser incondicionalmente pro-vida.
Este llamado a elegir la vida se basa en la fe en Cristo, el Hijo de Dios que se hizo hombre para que todos tuvieran vida en abundancia (Jn 10,10). La fe en el Señor Resucitado, que ha vencido a la muerte, y en la sangre de Cristo que «habla con más elocuencia que la de Abel» (Heb 12,24), proporciona la luz y la fuerza necesarias para enfrentar los desafíos actuales.
Amenazas a la Vida Humana
La Iglesia siente profundamente toda amenaza a la dignidad y a la vida humana. Además de las antiguas plagas como la pobreza, el hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y la guerra, han surgido nuevas amenazas de una escala alarmantemente vasta.
El Concilio Vaticano II condenó enérgicamente diversos crímenes y ataques contra la vida humana, y Juan Pablo II reitera esta condena en la encíclica. Entre estos se incluyen:
Cualquier tipo de homicidio.
Genocidio.
Aborto.
Eutanasia.
Suicidio voluntario.
Cualquier cosa que viole la integridad de la persona humana, como mutilaciones, torturas físicas o mentales, e intentos de coaccionar la voluntad.
Cualquier cosa que insulte la dignidad humana, como condiciones de vida infrahumanas, encarcelamientos arbitrarios, deportaciones, esclavitud, prostitución, venta de mujeres y niños, y condiciones laborales indignas donde las personas son tratadas como meros instrumentos de ganancia.
Todas estas acciones son consideradas infamias que envenenan la sociedad humana y deshonran al Creador.
La Eutanasia y el Sufrimiento
La encíclica aborda específicamente las amenazas que se ciernen sobre los enfermos incurables y los moribundos. En un contexto social y cultural que dificulta enfrentar y aceptar el sufrimiento, la tentación de resolver el problema eliminándolo de raíz, acelerando la muerte, se vuelve mayor. Esta decisión puede ser influenciada por la angustia, el malestar o la desesperación del enfermo, así como por una compasión mal entendida de quienes lo rodean.
La cultura contemporánea, al no percibir significado ni valor en el sufrimiento y considerarlo el epítome del mal a eliminar a toda costa, agrava esta situación, especialmente en ausencia de una perspectiva religiosa que pueda ofrecer una comprensión positiva del misterio del sufrimiento. Existe una actitud «prometeica» que lleva a la gente a creer que pueden controlar la vida y la muerte, tomando decisiones sobre ellas. Esto se manifiesta trágicamente en la difusión de la eutanasia, ya sea disfrazada, subrepticia, o practicada abierta y legalmente.
La eutanasia se justifica a veces por una compasión equivocada ante el sufrimiento del paciente, o por motivos utilitarios para evitar costos que no generan retorno y que pesan sobre la sociedad. Así, se propone eliminar a bebés malformados, a personas gravemente discapacitadas, a los ancianos (especialmente si no son autosuficientes) y a los enfermos terminales. La encíclica también menciona otras formas más furtivas pero igualmente graves de eutanasia, como la extracción de órganos para trasplantes sin respetar criterios objetivos y adecuados que verifiquen la muerte del donante.