La evangelización constituye la misión integral de la Iglesia, siendo su identidad más profunda y la razón de su existencia1,2. El término, en su sentido amplio, se refiere a llevar la Buena Nueva a todos los estratos de la humanidad, buscando transformar a la sociedad desde dentro y hacerla nueva1,3. Esto implica la conversión de las conciencias personales y colectivas, las actividades humanas, los estilos de vida y los entornos concretos en los que viven las personas, todo ello mediante el poder divino del mensaje proclamado1,3.
En un sentido más específico, la evangelización se entiende como la proclamación clara e inequívoca del Señor Jesús1. Esta proclamación, conocida como kerygma, predicación o catequesis, ocupa un lugar tan importante que a menudo se ha vuelto sinónimo de evangelización, aunque es solo un aspecto de ella1.
La evangelización no consiste simplemente en enseñar una doctrina, sino en proclamar a Jesucristo a través de palabras y acciones, convirtiéndose en un instrumento de su presencia y acción en el mundo4. Toda persona tiene derecho a escuchar la «Buena Nueva» de Dios, quien se revela y se entrega en Cristo, para que cada uno pueda vivir plenamente su propia vocación4. Este derecho conlleva el deber correspondiente de evangelizar: «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» (1 Cor 9,16)4.
