La liturgia romana no apareció desde el principio con todos los textos, libros y ceremonias que caracterizarían al Misal Romano. La celebración eucarística nació de la acción de Cristo en la Última Cena, de la práctica apostólica y de la vida litúrgica de las primeras comunidades cristianas. Con el paso del tiempo, la Iglesia concretó sus oraciones, lecturas, cantos, gestos y ministerios.
Este desarrollo debe entenderse como orgánico, porque cada época recibió una tradición anterior y la transmitió incorporando elementos nuevos, respondiendo a necesidades pastorales, teológicas y culturales. La diversidad histórica no implica necesariamente diversidad de fe. Las Iglesias conservaron una misma confesión eucarística mediante formas litúrgicas diferentes, tanto en Oriente como en Occidente.3
La liturgia tampoco constituye un simple documento histórico. Su estudio pertenece simultáneamente a la historia de la Iglesia, al derecho canónico y a la teología dogmática, porque las oraciones y los ritos expresan la fe celebrada por la comunidad cristiana.1

