La excomunión es la pena más grave que la Iglesia puede imponer a un fiel, pero su naturaleza es medicinal, no meramente punitiva1. Esto significa que su propósito principal no es la condena definitiva, sino la corrección y la reconciliación del pecador con Dios y con la comunidad eclesial1. Es una llamada al arrepentimiento y a la conversión, un medio para que el excomulgado reflexione sobre la gravedad de su acto y busque la reintegración.
La excomunión no significa que la persona deje de ser católica. El excomulgado sigue siendo miembro de la Iglesia por el bautismo, pero se encuentra en un estado en el que no puede participar plenamente en la vida sacramental y comunitaria1. Es una privación de bienes espirituales, no una expulsión de la Iglesia misma.

