La Iglesia ante los Estados liberales
A finales del siglo XIX, numerosos países europeos reorganizaron sus instituciones conforme a modelos nacionales y liberales. Este proceso redujo en muchos lugares la influencia pública de la Iglesia y sometió la educación, la legislación y la vida política a criterios cada vez más independientes de la autoridad religiosa.
La experiencia italiana resultaba especialmente delicada para la Santa Sede. La anexión de Roma al Reino de Italia había privado al papa de los Estados Pontificios y había originado una situación de conflicto entre el papado y el Estado italiano. Al mismo tiempo, Francia, Alemania y otros países europeos atravesaban procesos de nacionalización liberal que modificaban profundamente la posición social y jurídica de la Iglesia.
Dentro de este marco, la insistencia de León XIII en la unidad católica y en la obediencia al papa no constituye un elemento abstracto. El pontífice veía la comunión con la Sede Apostólica como una garantía de cohesión doctrinal y pastoral frente a las presiones políticas, culturales e intelectuales que fragmentaban la vida cristiana.
Transformaciones sociales y económicas
La industrialización había producido grandes cambios en las relaciones laborales y en la distribución de la riqueza. El crecimiento de las ciudades, la concentración de la propiedad y la precariedad de amplios sectores de trabajadores alimentaban conflictos sociales.
Exeunte Iam Anno contempla estos problemas desde una perspectiva moral. León XIII denuncia la búsqueda desordenada del lujo, la acumulación de dinero sin respeto por la justicia y el desprecio hacia los pobres. A su juicio, la codicia no constituía solo un vicio privado: también debilitaba los vínculos sociales y enfrentaba a quienes querían conservar sus bienes con quienes pretendían apropiarse de ellos.,
El avance de las doctrinas secularizadoras
El documento identifica como especialmente peligrosas varias corrientes intelectuales que, desde la perspectiva del pontífice, prescindían de la fe cristiana: racionalismo, materialismo y ateísmo. León XIII relaciona estas doctrinas con el socialismo, el comunismo y el nihilismo, considerados por él consecuencias lógicas de una visión del ser humano desligada de Dios y de la vida eterna.
Conviene interpretar estas afirmaciones dentro del vocabulario político y teológico de 1888. La encíclica no emplea las categorías desarrolladas posteriormente por el magisterio social del siglo XX ni puede leerse como si anticipara literalmente documentos contemporáneos. Su argumentación responde a los conflictos, conceptos y preocupaciones propios del pontificado de León XIII.