La desaparición del reino del Norte
La expansión asiria alteró profundamente el mapa político y social de Palestina. Tras la conquista de Samaría, Asiria deportó a grupos de población y repobló diversas regiones con habitantes trasladados desde otros territorios. Este proceso debilitó la vida urbana y modificó las estructuras culturales y económicas de Galilea y de otras zonas del antiguo reino del Norte.
Judá conservó durante más tiempo una independencia limitada, aunque quedó sometida a la presión de los grandes imperios. La posición de Jerusalén entre Egipto y Mesopotamia convirtió al reino en un territorio estratégico.
El ascenso de Nabucodonosor
Babilonia sustituyó a Asiria como potencia dominante del Próximo Oriente. Nabucodonosor II extendió su autoridad sobre Siria y Palestina y exigió obediencia a los reyes de Judá.
Durante una primera campaña, Babilonia deportó a notables de Jerusalén, entre ellos miembros de la familia real y jóvenes destinados a servir en la corte imperial. Más tarde, el rey Jeconías -también llamado Joaquín o Jehoiaquim en distintas transliteraciones- entregó la ciudad. Nabucodonosor deportó entonces al rey, a su entorno y a numerosos habitantes, además de apoderarse de los tesoros del Templo.
La destrucción de Jerusalén
Sedecías, colocado como rey vasallo, se rebeló contra Babilonia. Nabucodonosor respondió con una campaña militar que culminó después de un largo asedio. Jerusalén cayó, el Templo fue incendiado, las murallas fueron derribadas y los objetos sagrados fueron llevados a Babilonia. Sedecías fue capturado y la clase dirigente sufrió una represión severa.
La destrucción no fue únicamente una derrota militar. Para la conciencia religiosa de Israel, el acontecimiento planteaba preguntas radicales:
- ¿Había abandonado Dios a su pueblo?
- ¿Podía el Templo ser destruido si Jerusalén era la ciudad elegida?
- ¿Había fracasado la promesa hecha a David?
- ¿Qué sentido tenía la alianza después de la derrota?
La respuesta profética interpretó la catástrofe no como la derrota del Señor ante los dioses babilónicos, sino como un juicio permitido por Dios a causa de la infidelidad de Judá. Babilonia aparecía como instrumento temporal de ese juicio, no como poder divino superior.,