La Iglesia Católica enseña que el hombre es un compuesto unitario de cuerpo y alma, donde el alma actúa como forma sustancial del cuerpo, conferéndole vida humana. Esta visión hilemórfica, inspirada en Aristóteles pero elevada por la fe cristiana, rechaza tanto el dualismo platónico como el materialismo reductivo.
Naturaleza espiritual del alma
El alma humana es espiritual, es decir, inmaterial e incorpórea, dotada de intelecto y voluntad. No surge de los padres por generación material, sino que es creada ex nihilo por Dios en el momento de la concepción. Como principio inmaterial, el alma informa el cuerpo, haciendo de él un organismo vivo y personal, pero subsiste por sí misma tras la muerte, aguardando la resurrección.3,5
«La unidad de alma y cuerpo es tan profunda que hay que considerar el alma como la forma del cuerpo: es decir, gracias a su alma espiritual, la materia, que compone el cuerpo, llega a ser un cuerpo humano vivo, personal»3
Esta doctrina subraya la dignidad irreductible del ser humano, abierto a la verdad, la belleza y el infinito, signos de su origen divino.2
Creación e inmortalidad del alma
Dios crea cada alma inmediatamente, infundiéndola en el cuerpo. No es una parte de Dios ni eterna ab aeterno, sino contingente y dependiente del Creador. Su inmortalidad radica en su naturaleza espiritual: no perece con la separación del cuerpo en la muerte, sino que continúa existiendo hasta la reunificación en la resurrección final.1,4,6
La Comisión Teológica Internacional destaca que el hombre, consciente de su superioridad sobre lo material, rechaza la aniquilación total, reconociendo en sí una «semilla de eternidad» irreducible a la materia.6
