La creencia en la existencia del diablo y los demonios, y su capacidad para influir negativamente en los seres humanos, es una constante en la tradición bíblica y la enseñanza católica1. La Sagrada Escritura se refiere al diablo con diversos nombres, como Satanás, la serpiente antigua, el dragón, el adversario, el homicida desde el principio, el tentador, el mentiroso y padre de la mentira, y el príncipe de este mundo1. Los demonios son ángeles caídos que no guardaron su principado y se convirtieron en espíritus de maldad1.
Jesús mismo ejerció un poder directo y autoritario sobre los demonios, considerándolo una señal del Reino de Dios2,3,4. En los Evangelios sinópticos, se relatan numerosos milagros de Jesús expulsando demonios, como el hombre con un espíritu inmundo en la sinagoga de Cafarnaúm (Mc 1,21-27)5, o la legión de demonios expulsada en la región de los gerasenos (Mc 5,1-13)6. Jesús no solo expulsaba demonios con su palabra, sino que también otorgó a sus Apóstoles y discípulos la autoridad para hacerlo en su nombre2,7. Por ejemplo, en Mateo 10:1 y 8, Marcos 6:7, y Lucas 9:1, se describe cómo Jesús los envió a predicar el Reino y a expulsar espíritus inmundos2,7.
Aunque el Antiguo Testamento no registra instancias de hombres expulsando demonios, el libro de Tobías menciona al ángel Rafael atando al demonio Asmodeo2,8. Sin embargo, la expulsión de demonios por adjuración en nombre de Dios se encuentra en la literatura judía extracanónica y en tiempos de Jesús2.

