Ezequiel, hijo de Buzi, era un sacerdote que fue deportado de Jerusalén a Babilonia en el año 598 a.C., junto con el rey Joaquín y otros exiliados1. Su ministerio profético se desarrolló entre los cautivos, quienes se habían asentado en Tell-Abib, cerca del río Quebar (también conocido como Cobar) en Caldea1,1.
El Llamamiento Profético
El llamamiento de Ezequiel como profeta ocurrió en el quinto año después del cautiverio de Joaquín, lo que para algunos estudiosos coincide con el trigésimo año de la vida del profeta1. El inicio de su ministerio fue marcado por una visión teofánica descrita al comienzo de su libro, donde contempló la «semejanza de la gloria del Señor» en medio de un viento tempestuoso, una gran nube con fuego, y la aparición de cuatro criaturas vivientes con rostros de hombre, león, buey y águila, junto a ruedas llenas de ojos1,1.
Tras esta visión inicial, un espíritu entró en Ezequiel y lo puso de pie para que pudiera escuchar la voz de Dios1. El Señor lo envió al pueblo de Israel, una «nación de rebeldes» con «frente dura y corazón obstinado», para que les comunicara las palabras divinas, advirtiéndole que no temiera sus palabras ni sus miradas1. Como parte de su investidura, Dios le ordenó comer un rollo escrito por delante y por detrás con «palabras de lamentación y luto y ay»1,3. Al comerlo, el rollo se sintió dulce como la miel en su boca, un símbolo de la aceptación de la misión a pesar de su contenido de juicio1.
El Profeta del Exilio
Ezequiel profetizó durante al menos veintidós años1. Su ministerio se desarrolló en un momento de crisis religiosa profunda para Israel2. Los exiliados, al ver la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo, se preguntaban si Yahveh había abandonado Su morada y si los dioses paganos habían triunfado2. La profecía de Ezequiel, junto con la de Jeremías, fue providencial para resolver esta crisis, al explicar que la ruina era el castigo de Dios por la infidelidad nacional2. El Exilio se convirtió así en un punto de inflexión, un castigo que fue una purificación y un renacimiento, revelando a Yahveh como un Dios de justicia moral y dominio universal2.

