La figura del falso profeta es una preocupación recurrente en el Antiguo Testamento, donde se establecen criterios claros para discernir entre un profeta genuino y uno fraudulento1. Un profeta verdadero es aquel a quien Dios ha puesto sus palabras en la boca, y cuyas profecías se cumplen1. En contraste, un falso profeta es aquel que habla en nombre de otros dioses o que se atreve a pronunciar una palabra en nombre de Dios que Él no ha mandado1. La consecuencia para tales profetas era la muerte1.
El libro del Deuteronomio advierte explícitamente contra la consulta a adivinos y sortílegos, prácticas que son abominables para el Señor1. En lugar de estas prácticas, Dios prometió levantar un profeta «como Moisés» de entre su propio pueblo, a quien debían escuchar1. La prueba definitiva para reconocer si una palabra no ha sido dicha por el Señor es si la profecía no se cumple1.
Profetas como Jeremías y Ezequiel denunciaron vigorosamente a los falsos profetas de su tiempo. Jeremías lamentó que tanto profetas como sacerdotes eran impíos, y que la impiedad se había extendido por toda la tierra desde los profetas de Jerusalén2. Advirtió al pueblo que no escuchara a los profetas que les hablaban, pues estos les engañaban con visiones de su propia imaginación y no de la boca del Señor2. Ezequiel, por su parte, condenó a los profetas «insensatos que siguen su propio espíritu y no han visto nada»3. Comparó a estos profetas con chacales entre ruinas, que no reparan la brecha en el muro de Israel, sino que «untan con cal» las construcciones defectuosas, prometiendo paz donde no hay paz3. Dios mismo declaró que estaba en contra de aquellos que veían visiones falsas y proferían adivinaciones mentirosas, prometiendo que no estarían en el consejo de su pueblo3.

