El nombre fariseo suele relacionarse con una raíz semítica que expresa separación. La interpretación exacta del término y el alcance de esa separación son objeto de discusión: podía aludir a la voluntad de apartarse de prácticas consideradas contrarias a la Ley, aunque no implica que los fariseos vivieran aislados de la sociedad. La Comisión Bíblica Pontificia vincula el nombre, probablemente, con su distanciamiento de la secularización de la dinastía asmonea.1
El movimiento tomó forma en los últimos siglos antes de Cristo, en un contexto de cambios políticos y culturales que afectaban a la vida judía. La presión de la cultura helenística y las luchas de la época macabea intensificaron el debate sobre cómo conservar la identidad religiosa de Israel. Los fariseos no constituían un grupo sacerdotal: su importancia radicaba, sobre todo, en la interpretación y práctica de la Ley.1,4




