La palabra fariseo deriva del hebreo perushim, que significa «los separados», en alusión a su compromiso de apartarse de las prácticas paganas y de los judíos helenizados que amenazaban la pureza de la fe israelita.1 Este grupo emergió en el siglo III a. C., tras el exilio babilónico, en un contexto de transición política donde Israel pasó de una monarquía a una comunidad teocrática. Influenciados por la reforma de Esdras, que promovía la separación de los pueblos gentiles y la disolución de matrimonios mixtos, los fariseos se autodenominaron inicialmente chasidim o «piadosos», dedicándose a la observancia estricta de la Torá.1
Durante las persecuciones de Antíoco IV Epífanes (167-164 a. C.), destacaron como mártires de la fe, negándose a defenderse en sábado por fidelidad a la Ley, lo que les granjeó gran prestigio popular.1 A diferencia de los saduceos, aristócratas vinculados al Templo y escépticos respecto a la tradición oral, los fariseos representaban la tendencia democrática y espiritualizante, centrada en las sinagogas y la enseñanza.1

