En la enseñanza católica, la fe no es un mero asentimiento intelectual, sino una virtud teologal infundida por Dios, que mueve el intelecto y la voluntad humana hacia la Verdad divina.1,2,3 El Catecismo de la Iglesia Católica la describe como «la virtud teologal por la que creemos en Dios y creemos todo lo que Él ha dicho y revelado a nosotros, y que la Santa Iglesia nos propone para que lo creamos, porque Él es la Verdad misma».1 Por la fe, el hombre «se entrega libremente por entero a Dios».1
El Concilio Vaticano I, en la constitución dogmática Dei Filius, precisa que la fe es una virtud sobrenatural mediante la cual, con la gracia de Dios, creemos en lo revelado «no por la verdad intrínseca de las cosas, conocida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que lo revela, el cual ni puede engañarse ni engañarnos».2,3 Esta definición subraya la obediencia de la fe, un sometimiento pleno del intelecto y la voluntad a Dios, como enseña el Catecismo en su artículo sobre la respuesta del hombre a Dios.4
La fe es certeza superior a todo conocimiento humano, fundada en la palabra de Dios que no puede mentir.4 San Pablo la presenta como «la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve» (Heb 11,1).5
Diferencia con creencias humanas
A diferencia de la fe en personas humanas, la fe cristiana es absoluta y total, ya que se dirige a Dios, quien es digno de toda confianza. No es un impulso ciego, sino un acto razonable apoyado en motivos de credibilidad como milagros, profecías y la santidad de la Iglesia.4
