La fecundación in vitro, conocida también por la sigla FIV, reúne técnicamente los gametos -óvulo y espermatozoide- fuera del organismo de los esposos. Tras la fecundación, el embrión se introduce en el útero con la esperanza de que se produzca la implantación.
La Iglesia distingue principalmente dos modalidades:
Fecundación homóloga
La fecundación homóloga utiliza los gametos del propio marido y de la propia esposa. En este caso, la concepción procede biológicamente de ambos cónyuges, pero la fecundación tiene lugar mediante una intervención técnica externa que sustituye el acto conyugal.
La Congregación para la Doctrina de la Fe considera ilícita incluso la modalidad homóloga que evitara la destrucción deliberada de embriones, porque la generación de la persona deja de ser fruto del acto conyugal y queda bajo la intervención decisiva de médicos y biólogos.1
Fecundación heteróloga
La fecundación heteróloga incorpora el esperma o el óvulo de una persona distinta de los cónyuges. Esta modalidad introduce a un tercero en la generación y contradice, según la doctrina católica, la unidad del matrimonio y el derecho de los esposos a llegar a ser padre y madre exclusivamente el uno por medio del otro.3,4
La Iglesia considera además que la fecundación heteróloga afecta a la identidad y a los derechos del hijo, al separar la paternidad o maternidad genética de la relación matrimonial en la que debería originarse la concepción.4


