La misión de custodiar el depósito de la fe ha sido encomendada a la Iglesia por el Señor a lo largo de los siglos1. El Concilio Ecuménico Vaticano II, inaugurado por el Papa Juan XXIII, tuvo como objetivo principal resaltar la misión apostólica y pastoral de la Iglesia, buscando hacer más accesible la verdad del Evangelio y el «precioso depósito de la doctrina cristiana» a los fieles y a todas las personas de buena voluntad1. El Concilio no se centró primordialmente en condenar errores, sino en mostrar la «fuerza y belleza de la doctrina de la fe»1.
Treinta años después de la apertura del Vaticano II, en 1985, el Papa Juan Pablo II convocó una Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para conmemorar el vigésimo aniversario de la clausura del Concilio1. En esta asamblea, los Padres Sinodales expresaron un deseo generalizado de que se redactara un catecismo o compendio de toda la doctrina católica sobre la fe y la moral1. Este compendio serviría como un «punto de referencia» para los catecismos regionales, y se enfatizó que su presentación doctrinal debía ser bíblica, litúrgica y adecuada a la vida actual de los cristianos1. El Papa Juan Pablo II hizo suyo este deseo, reconociendo que respondía a una «verdadera necesidad tanto de la Iglesia universal como de las Iglesias particulares»1.
Así, Fidei Depositum marca la culminación de este proceso, presentando el Catecismo de la Iglesia Católica como un texto de referencia para una catequesis renovada, arraigada en las «fuentes vivas de la fe»1. Este Catecismo se suma a la renovación de la Liturgia y la nueva codificación del derecho canónico, contribuyendo significativamente a la renovación de la vida eclesial deseada por el Concilio Vaticano II1.
