La fiesta tiene su fundamento en el capítulo 2 del Evangelio según san Lucas (Lc 2,22-40), donde se describe cómo María y José llevan al Niño Jesús al Templo para cumplir con la Ley mosaica. Según Levítico 12, toda madre judía debía someterse a un rito de purificación tras el parto, ofreciendo un sacrificio. En el Templo, el anciano Simeón, movido por el Espíritu Santo, reconoce en Jesús la «luz para alumbrar a las naciones» (Lc 2,32) y profiere el célebre Nunc dimittis: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra» (Lc 2,29).
Asimismo, la profetisa Ana da gracias a Dios y habla del Niño a quienes esperaban la redención de Jerusalén. Estos encuentros subrayan el cumplimiento de las profecías mesiánicas y la presentación de Cristo como sacerdote, profeta y rey, anticipando su sacrificio redentor.

