Orígenes en la tradición apostólica
La conmemoración de la conversión de San Pablo se remonta a los primeros siglos del cristianismo, cuando la Iglesia primitiva honraba los hitos clave en la vida de los apóstoles. Aunque la muerte de Pablo se celebra el 29 de junio junto a San Pedro, la fiesta del 25 de enero se centra específicamente en su conversión milagrosa, distinguida de su martirio para resaltar el poder transformador de la gracia divina. Esta fecha, establecida en el siglo IV, aparece en los calendarios litúrgicos romanos y orientales, reflejando la devoción de las comunidades paulinas en Oriente y Occidente.
En el Martyrologio Romano, la fiesta se describe como el día en que Pablo, «aún respirando amenazas y matanzas contra los discípulos del Señor», fue revelado por Jesús en el camino a Damasco.1 Esta tradición subraya cómo Dios elige instrumentos improbables para su misión, un tema recurrente en la predicación paulina sobre la unidad de la Iglesia como un solo cuerpo.2
Evolución litúrgica a lo largo de los siglos
Durante la Edad Media, la fiesta ganó prominencia en monasterios benedictinos y cistercienses, donde se leía el relato de los Hechos de los Apóstoles (caps. 9, 22 y 26). El Concilio de Trento (siglo XVI) reforzó su celebración universal, integrándola en el Breviario Romano. En el Calendario Litúrgico de 1969, promulgado por Pablo VI, se mantuvo como fiesta de precepto en algunas diócesis, enfatizando su rol en el Domingo de la Palabra de Dios cuando coincide con el tiempo ordinario.
En España, la devoción se vincula a órdenes como los dominicos y agustinos, que propagaron la figura de Pablo como modelo de predicador. Santos como San Gregorio de Nacianzo y Santo Tomás de Aquino comentaron el evento, viéndolo como paradigma de la conversión interior.

