La celebración de la Conversión de San Pablo no figura en los sacramentarios romanos más antiguos, como el Gelasiano o el Gregoriano, lo que indica que no era una fiesta de origen romano primitivo. Sin embargo, sus raíces se remontan a tradiciones litúrgicas locales en Occidente. El Martyrologium Hieronymianum, uno de los más antiguos catálogos de santos, menciona el 25 de enero inicialmente como la traducción (traslación de reliquias) de San Pablo, posiblemente refiriéndose al traslado de sus restos desde las catacumbas a su basílica en Roma tras casi un siglo.2
En el Missale Gothicum y martirologios como los de Gellone y Rheinau, ya aparece una misa propia para esta fecha, mostrando una evolución hacia la conmemoración de la conversión. En el siglo VIII, el calendario de San Willibrord en Inglaterra registra explícitamente la Conversio Sancti Pauli. Durante la Edad Media, se convirtió en fiesta de precepto en muchas iglesias occidentales, incluyendo Inglaterra en el siglo XIII, posiblemente introducida por el cardenal Langton.2
La Iglesia estableció esta fiesta para agradecer el milagro de la gracia divina en Pablo y proponerlo como modelo de penitencia perfecta. En el siglo XX, los papas la destacaron por su simbolismo ecuménico, coincidiendo con el final de la Octava de Oración por la Unidad de los Cristianos, promovida desde 1908 por el abate Paul Wattson.3,4

