Surgimiento en Oriente
La fiesta tiene sus raíces en la tradición oriental, con el documento más antiguo que la menciona datado en el siglo VI. En ese período, tras el Concilio de Éfeso (431), que proclamó a María como Theotokos (Madre de Dios), se intensificó el culto mariano en Siria y Palestina, favorecido por textos apócrifos como el Protoevangelio de Santiago.3,4 Este apócrifo, aunque no canónico, inspiró himnos y liturgias, como el del gran poeta eclesiástico San Román el Melodista (ca. 536-556), quien compuso un himno para la ocasión basado en los capítulos 1-4 del Protoevangelium, enfatizando temas de luz, alegría y vida.3,5
Posiblemente surgió en Jerusalén, vinculada a la dedicación de una iglesia cerca de la Piscina Probática en el siglo VI, mencionada por el peregrino Teodosio. El 8 de septiembre podría conmemorar esa dedicación, aunque no hay evidencia concluyente sobre la elección de la fecha.5 Bajo el emperador Justino I (o Justiniano), la celebración se extendió a Constantinopla. San Andrés de Creta predicó varios sermones sobre ella en el siglo VIII.3
En la liturgia bizantina, el apodosis (conclusión) se celebra el 12 de septiembre, ajustado por la fiesta de la Exaltación de la Cruz.3
Adopción en Occidente y desarrollo medieval
La Iglesia latina adoptó la fiesta en el siglo VII, incorporándola en el Sacramentario Gelasiano y el Gregorian (siglos VII-IX). El papa Sergio I (687-701) instituyó una letanía y procesión para el 8 de septiembre.3 Sin embargo, su aceptación fue lenta debido al origen apócrifo de la narración del nacimiento de María, ausente en calendarios como el goto-galicano, Luxeuil o toledano del siglo X.3
En Francia, la iglesia de Angers atribuye su introducción a San Maurilio (ca. 430), por una revelación angélica, aunque sin pruebas históricas sólidas.3 Aparece en el calendario de Sonnacio de Reims (614-631), pero San Fulberto de Chartres (m. 1028) la describe como reciente, componiendo los sermones latinos más antiguos conservados.3 El octava fue instituida por Inocencio IV (1243), cumpliendo un voto de los cardenales durante su elección.3
En España, el culto mariano temprano, enriquecido por santos mozarabes como Isidoro de Sevilla e Ildefonso de Toledo, incluyó fiestas marianas con oraciones bellas, aunque la Natividad se fijó más tarde.6,7

