Misterio central en el marco eucarístico
La Iglesia no considera el culto a la Sangre de Cristo como un compartimento devocional separado, sino como una memoria central en el marco eucarístico y en el conjunto del año litúrgico. Se subraya que la importancia extraordinaria de la Sangre redentora asegura un lugar prominente «en la celebración» del misterio eucarístico, donde la Iglesia eleva a Dios «el cáliz de la bendición» y lo ofrece como comunión real con la Sangre.
Por ello, el culto a la Sangre de nuestra redención permea el año litúrgico, especialmente en momentos de adoración y contemplación del misterio pascual.
Antes y después de la reforma litúrgica
En el marco histórico, se recuerda que durante la práctica litúrgica anterior a la reforma introducida por el Concilio Vaticano II, el misterio de la Sangre era celebrado litúrgicamente en toda la Iglesia en la fecha establecida. En una intervención dedicada a las asociaciones de la Sangre de Cristo, san Juan Pablo II explicó que el cambio posterior unió la conmemoración del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la forma litúrgica vigente.
La revisión de 1969 retiró la fiesta del calendario romano general, porque la Preciosísima Sangre ya se venera en las celebraciones de la Pasión, del Corpus Christi, del Sagrado Corazón y de la Exaltación de la Santa Cruz. Su misa quedó entre las misas votivas, que pueden celebrarse especialmente durante julio, mes dedicado a la Preciosísima Sangre.,
En algunos lugares y calendarios particulares la fiesta se sigue observando el 1 de julio, y las comunidades que emplean el calendario de 1962 conservan esa fecha. Los Misioneros de la Preciosa Sangre, los Pasionistas y las Adoratrices de la Sangre de Cristo la celebran con rango de solemnidad en sus calendarios propios.,
Contenido litúrgico propio (ofrendas, comunión y oración)
El Misal Romano conserva oraciones propias para la celebración titulada «Preciosísimo Sangre de nuestro Señor Jesucristo». En la antífona de comunión se formula la idea clave: el cáliz es comunión con la Sangre de Cristo, y el pan es comunión con su Cuerpo.
También la oración después de la comunión pide ser «siempre asperjados» con la Sangre del Salvador, como fuente que brota para la vida eterna.
En la colecta se suplica al Padre, que «redimió a todos los hombres» en la Sangre preciosa de su Hijo unigénito, custodiar en el creyente la obra de su misericordia para obtener el fruto de la redención al celebrar siempre el misterio.