La Fiesta de la Presentación del Señor tiene raíces antiguas en la tradición oriental cristiana. Desde el siglo IV, como relata la peregrina Egeria en sus diarios de viaje a Tierra Santa (381-384), se celebraba en Jerusalén con gran solemnidad el cuarenta día después de la Epifanía, equivalente al tiempo prescrito por la Ley judía para la presentación del primogénito y la purificación de la madre.4 En Oriente se denominaba Hypapante (Encuentro), enfatizando el encuentro entre el Señor y su pueblo en el Templo.
En Occidente, hasta la reforma litúrgica de 1969, se conocía principalmente como Fiesta de la Purificación de la Virgen María o Candelaria, cerrando el tiempo de Navidad. Sustituyó procesiones paganas licenciosas por otras de carácter penitencial, incorporando la bendición de velas en honor a Cristo, «luz para iluminación de las gentes» (Lc 2,32). La procesión con velas encendidas simboliza la entrada triunfal de Jesús en su Templo, conectando con la Navidad y la Epifanía.5
El Misal Romano actual la fija como fiesta del Señor, trasladando el énfasis a la presentación de Jesús, aunque conserva elementos de humildad mariana y pobreza de la Sagrada Familia, que ofreció «un par de tórtolas o dos palominos».1,6

