La fiesta tiene su fundamento directo en el Evangelio de san Lucas (2,22-40), que describe cómo María y José llevaron al Niño Jesús al Templo de Jerusalén para presentarlo al Señor, conforme a la ley judía que exigía la purificación de la madre después del parto y la consagración del primogénito varón.4
Cuando se cumplió el tiempo de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentárselo al Señor (como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor), y para ofrecer en sacrificio una pareja de tórtolas o dos palominos, como está mandado en la Ley del Señor.4
Este rito, establecido en Levítico 12, preveía un período de impureza legal para la mujer tras el alumbramiento, resuelto mediante un sacrificio. Aunque María, preservada del pecado original por su Inmaculada Concepción, no necesitaba purificación moral, su obediencia perfecta a la Ley manifiesta su humildad y sujeción total a la voluntad divina.1 En el Templo, Simeón, guiado por el Espíritu Santo, reconoce en Jesús al Mesías prometido, proclamando el famoso Cántico de Simeón o Nunc dimittis:
Señor, ahora puedes dejar a tu siervo ir en paz, según tu palabra; porque mis ojos han visto tu salvación, que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.5
La profetisa Ana, viuda de edad avanzada y asidua en la oración del Templo, también da testimonio de la redención de Jerusalén.4 La primera lectura de la Misa, tomada de Malaquías 3,1-4, anuncia la llegada del Señor al Templo como refinador y purificador, mientras el Salmo 24 invita a abrir las puertas para que entre el Rey de la gloria.6,7 La segunda lectura, de Hebreos 2,14-18, subraya la encarnación de Cristo para expiar los pecados como sumo sacerdote misericordioso.8

